Cuentan que en una entrevista entre Lenin y el venerable socialista español Fernando de Los Ríos, ante la exposición del sistema político que el primero estaba implantando en Rusia, el segundo le preguntó dónde encajaba la libertad; a ello respondió Lenin, “libertad, ¿para qué?”, pregunta que obtuvo de Don Fernando la respuesta “para ser humanos”.
Desde sus orígenes en la Grecia clásica, las ideas de libertad y política han aparecido unidas y hoy, en la política genuinamente democrática se exigen mutuamente. La libertad sin política resulta imposible, pues sólo en el marco de unas relaciones civilizadas y respetuosas de los demás, es posible la libertad. La política sin libertad se transforma en fuerza bruta, en dominación y opresión que aniquila las libertades. Por ello, desde siempre se ha considerado que la libertad es la razón de la política. El hombre es plenamente libre cuando ejerce la política, es decir, cuando se preocupa y ocupa por el bienestar de los demás, por la búsqueda del bien común, que es el sentido de la política. Para los griegos, la persona que se desentiende del bienestar general y sólo se preocupa de su bienestar privado, no es plenamente humano, es un “idiotes”, un idiota, pues le falta una dimensión transcendente del ser humano.
El problema surge cuando la política pierde su esencia original y se entiende precisamente como un medio de favorecer la vida privada y se desentiende del bienestar general, convirtiéndose en un perfecto idiota.
De ahí que, para evitar el envilecimiento total de la política, las personas más desprendidas, generosas y honestas, capaces de anteponer el bien general a sus intereses particulares, son las que deben acceder a los cargos públicos. Para Pericles, el ciudadano ateniense no descuida los negocios públicos por atender sus asuntos privados, y cuando un ciudadano se distingue por su valía, entonces se le prefiere para las tareas públicas, no a manera de privilegio, sino en reconocimiento de sus virtudes.
