En Colombia ganó la muerte. No sólo ganó la propuesta de reanudar la guerra con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) convertidas ahora en la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc) tras los acuerdos de paz firmados en La Habana; no sólo ganó la propuesta de mantener la guerra con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) que se quedará sentado en la capital cubana esperando la paz, sino que ganó la propuesta de traer la guerra hasta Venezuela.
La propuesta del uribismo representado en Iván Duque no sólo es evitar que el “castrochavismo” entre a Colombia sino destruirlo donde quiera que éste esté y ha tenido tal éxito que hasta en Venezuela, donde el “castrochavismo” ha dado refugio a los colombianos que migraron durante los años duros de la guerra entre Álvaro Uribe y las Farc, ganó la propuesta de acabar el “castrochavismo”.
La oposición venezolana tiene un líder en Álbaro Uribe y tiene las esperanzas puestas en que su avatar, Iván Duque, tendrá éxito donde Donald Trump, la OEA, el Grupete de Lima, la Unión Europea y las castas económicas, clericales y mediáticas del continente han fracasado.
Uno preferiría eso de ver el vaso medio lleno, poner el énfasis en los 8 millones 28 mil 33 colombianos que votaron por Gustavo Petro, que votaron por la paz y contra la corrupción y el crimen paramilitar. Habría que decir que el salto que dio la propuesta de Petro de los 4 millones 800 mil votos de la primera vuelta a casi el doble en la segunda es la prueba irrefutable de que el pueblo vecino responde positivamente cuando se le dan alternativas coherentes, honestas, unitarias y desprendidas de todo interés particular. Que hay una Colombia resuelta a liberarse de sus propios demonios, que perdió el miedo y se empeña en rehacer su multicolor tapiz social desde una estética de la hermandad entre cachachos y costeños, entre colombianos.
Pero los resultados son demasiado contundentes para obviarlos. Participaron 19 millones 411 mil 268 colombianos y colombianas en las elecciones del domingo pasado y Duque se alzó con el 54% de éstos ante el 42% de la coalición por la paz. La perspectiva se pone aún peor si recordamos que los resultados del domingo emulan los resultados del referendo nacional a través del cual el pueblo vecino desaprobó los acuerdos de paz de La Habana firmados por Juan Manuel Santos y las Farc.
Eso de preferir matarse es garciamarquiano, lo que no lo hace menos real. ¿Usted, si leyó Cien Años de Soledad, se acuerda del tren lleno de cadáveres que lanzaron al océano y que nadie recordaba? ¿No es lo que pasa con los llamados “falsos positivos”, las masacres y las múltiples fosas comunes dejadas por el gobierno de Uribe que muchos prefieren no ver? ¿Y la venganza a muerte contra los 17 aurelianos marcados en la frente por una cruz de ceniza un miércoles santo no es el mismo odio que mueve a Uribe contra las Farc? ¿Y los habitantes de Macondo que perdieron la memoria no es el 54% de Duque? ¿No se acaba de amarrar el liberalismo a un castaño mientras al vástago del conservadurismo se lo llevan las hormigas? ¿El dolor de Úrsula Iguaran es menos que el de las madres de Soacha?
Créame, no pretendo alardear sobre mis habilidades para escribir, que en buena parte se las debo a mi estimado maestro colombiano, lo que intento decir es que la cosa en Colombia es profunda, es cultural, es histórica y en tanto no se comprenda así, que la literatura es real, las especies condenadas a cien años de soledad no podrán tener una segunda oportunidad sobre estas tierras. En días como este uno entiende por qué el Gabo prefirió morirse en México.
En Venezuela siempre se ve nuestra historia con la Nueva Granada desde ese enfoque que nos habla de hermandad, debería revisarse también esa otra parte de la historia, la que se impuso, que cuenta, por ejemplo, como Bolívar salvó a Santander del pelotón de fusilamiento y cómo muerto el Libertador Santander ordenó el fusilamiento de 17 oficiales considerados enemigos por bolivarianos y desató una persecución contra todo lo que parecía venezolano, expulsando a batallones enteros del Ejército Libertador y a generales como Rafael Urdaneta.
De esa historia viene Uribe, liberales como César Gaviria, conservadores como Andrés Pastrana, o sea, la oligarquía que acaba de ganar las elecciones y su Ejército que es hoy por hoy el más grande, mejor entrenado y mejor armado del América Latina, supervisado por el de los EEUU y ahora miembro de la Otan.
Venga y le digo, para que usted saque sus propias conclusiones, en Colombia hay gente que ve a Uribe como una especie de Atanasio Girardot, claro obviando la parte de la historia en que éste muere en su intento.