Niveles de inseguridad, escalada de crímenes y colapso de los organismos de seguridad; desmembramientos, plagios, sicariato, y paramilitarismo; subasta de asesinatos, hampa organizada con fines políticos y “policías que fusilan”; conmoción social, caos y cultura de la muerte; impunidad, corrupción y violación de los derechos humanos; crisis humanitaria, crisis económica y una “escasez que instiga conductas violentas”; “la inflación más alta del mundo”, desabastecimiento, bachaqueo, colas y caída del precio del petróleo… Son las constantes del bombardeo noticioso al cual está sometido la ciudadanía.
Se observa el uso constante del miedo, pánico y terror en la construcción de la noticia. El miedo, emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por un peligro real o supuesto. El terror, sentimiento de miedo en grado máximo y, el pánico, un miedo sin fundamento, colectivo y descontrolado. Hay quienes afirman que terror y pánico pueden fungir de poder multiplicador de violencia fundiendo y confundiendo las dimensiones físicas, mentales y simbólicas de ésta.
Recientemente, la encuestadora Hinterlaces alertó sobre el incremento de los indicadores negativos del clima socioemocional venezolano. Afirma que tales sentimientos “tienen mayor fuerza que los positivos, y su intensificación puede generar desbordamientos y desesperación”.
La manipulación del miedo y sus gradaciones —pavor, terror, pánico— puede ser un arma de dominación política y de control social. De allí que se denuncie una “campaña de desestabilización emocional y neurotización contra la sociedad venezolana” que habría logrado “sobredimensionar la crisis y avivar el descontento, acentuar la angustia y la incertidumbre colectiva, estimulando tanto un voto neurótico futuro como también una ruptura social violenta”.