Así como el pensamiento es la semilla de la acción, las legumbres es la poética que nos asegura la savia. De ahí, la necesidad de redescubrirnos cada nuevo amanecer, que lo importante no es la nube que nos trae el agua, sino el sol que nos atiza el alma y nos despierta los sentidos.
Somos hijos de las sorpresas y nos entusiasma maravillarnos ante cualquier sensación física o mental. A veces, pienso, que lo asombroso no es el árbol que nos da sombra, sino el fruto y sus simientes, que al contacto con la tierra multiplicará la arboleda de los anhelos.
¿Qué son las quimeras sino abecedarios rescatados del tiempo? Por eso, lector amigo, nunca desistas de una utopía que la paciencia todo lo alcanza. El secreto de las fantasías es que son una ilusión; es más, quizás no exista nada más que una esperanza, porque hasta el mismo yo es un instante entre lo preciso y la añoranza.
Cuesta entender que perduren las desigualdades y el hambre, ya sea de amor o de pan. Con respecto al ansia de pan, y observando que los cultivos leguminosos como las lentejas, los frijoles, las arvejas y los garbanzos, son una fuente esencial de proteínas y aminoácidos de origen vegetal para la población de todo el mundo, así como un manantial proteico de origen vegetal para los animales, me llena de alegría saber que Naciones Unidas haya declarado este año 2016, como el Año Internacional de las Legumbres, quizás para centrarnos la atención en la función que desempeñan estas semillas como parte de la producción sostenible de alimentos orientada a la seguridad alimentaria y a la nutrición de toda especie; teniendo en cuenta, además, que tienen la propiedad de fijar el nitrógeno, lo que evidentemente ha de contribuir a incrementar la fertilidad del suelo, suministrando efectos positivos en el medio ambiente. Lo mismo sucede con el deseo de amor, tan necesario para vivir. Quien no se siente amado no puede sentirse vivido. Y esto es muy grave, gravísimo.