Quien se haya formado una idea de la mujer estadounidense con base en “Sex and the city”, “The good wife” o las hermanas Kardashian, debió sorprenderse mucho cuando el presidente Barack Obama dijo en su último discurso a la nación que se comprometía a luchar por la igualdad de oportunidades para las féminas y que éstas percibieran sueldos y salarios iguales a los de los hombres.
Dicho, además, en el Congreso del país de la igualdad y las oportunidades, aquello debió sonar como una vajilla de porcelana al romperse, sobre todo, porque una de las más fuertes candidatas a sustituir a Obama en la Casa Blanca es, precisamente, una mujer, Hillary Clinton, a quien se le cuestiona más que por sus defectos o desaciertos por los caprichos sexuales de su marido con su asistente Mónica Lewinsky, quienes le dieron otro significado a lo de “salón oval”.
En España, de donde nos viene nuestra herencia patriarcal machista, la pugna política más ruda de los últimos años por los gobiernos de Madrid y Barcelona, que de alguna manera marca el camino a las elecciones generales para elegir jefe de Gobierno (lo que equivale en Venezuela a Presidente de la República), fue librada y ganada por mujeres de izquierda: Manuela Carmena, quien derrotó en la capital a otra mujer, pero de derecha, la condesa de Bornos Esperanza Aguirre; y Ada Colau, quien doblegó a su vez en la capital catalana al alcalde en ejercicio, Xavier Trias.
La propuesta del presidente de la República y presidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), Nicolás Maduro, de forzar la postulación de dos mujeres por Unidad de Batalla Bolívar Chávez (Ubch), con el detalle adicional de que una fuera menor de 30 años, en las primarias de la tolda roja; iniciativa que levantó los comentarios e, incluso, las burlas más variopintas entre Tirios y Troyanos, permitió constatar cuantitativamente y esperemos que también cualitativamente que la revolución bolivariana tiene caderas anchas y 48 de copa. Sin embargo, hay que esperar hasta el 28 para ver los resultados.
Aunque en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) todo el mundo “muere callao”, ha trascendido que las “jugadas de sacrificio” que se han trazado hasta ahora en el tablero han afectado más a las mujeres que a los hombres.
Este panorama nacional e internacional no basta para ver el asunto de forma y de fondo, pero por lo menos nos debería dar la señal inequívoca de que los asuntos de género trascienden los umbrales ideológicos de derecha e izquierda, y que no se resuelven con el mero ascenso de algunas de ellas a cargos públicos. Como en el asunto ecológico, ninguno de los polos en los que hasta ahora se ha dividido el ejercicio de la política ha logrado dar una respuesta verdaderamente igualitaria y equitativa al no pocas veces postergado debate sobre los roles considerados propios de hombres y mujeres. Y sin embargo, estos temas, los de género, son tan urgentes de resolver como el calentamiento global.
Si bien las políticas del presidente Hugo Chávez tendieron a beneficiar a las mujeres y ayudarlas a superar su doble condición de excluidas, por ejemplo, en el tema de vivienda, educación, con el Banco de la Mujer, la creación de un ministerio para ellas, etc, todavía hay un camino que recorrer en la construcción de un país con igualdad de géneros.
La regla del “2 por 2” en las internas del Psuv y la más reciente creación de la Unión Nacional de Mujeres (Unamujer), más las cifras de violencia contra la mujer que se registran a escala nacional, son prueba de ello. La plena liberación femenina del patriarcado secular no solo es un asunto de leyes y de Estado, exige movilizar nuestra percepción actual sobre la masculinidad, la forma en que creamos nuestra identidad de hombres en relación con las mujeres, y eso puede ser como mover el macizo guayanés.
Es verdad que la mera condición de ser hombre o mujer no garantiza capacidad, honradez y eficiencia para ejercer un cargo público, incluso, para atender eficazmente asuntos privados, pero no es menos cierto que crear una sociedad plenamente libre y soberana, sin que sus miembros estén emancipados de sus roles de dominador y dominada, es igualmente imposible.
Crear una democracia participativa con protagonismo del pueblo es la ruta indicada en lo político, pero si esto no toca al hogar, la escuela, la universidad, la fábrica, el ejército, la iglesia, los medios de comunicación social, si eso no nos ayuda a valorar amorosamente a las mujeres como iguales, sin pretender cambiar su naturaleza, sin pretender que ellas se comporten como se supone debemos comportarnos nosotros, estaríamos caminando en círculo.