Diego Lombardi, Economista. @lombardidiego
Si algo ha quedado en evidencia estas últimas semanas es la poca vocación democrática de los principales representantes del Gobierno nacional. Convertir a ciudadanos descontentos en traidores por el simple hecho de ejercer el derecho al voto de manera libre, o apelar a la creación de estructuras paralelas de última hora, e inclusive condicionar una gestión de política pública como es la construcción de viviendas en función de la “lealtad”, son apenas algunas de las evidencias de este comportamiento anti democrático. Lo más grave es que esto parece no importarles, pues en medio del apuro por los tiempos que corren se han descuidado las formas.
Frente este comportamiento se abren distintas interrogantes, y la primera de ellas es si el grueso de quienes militan en el partido de gobierno, y particularmente sus líderes que hoy ocupan cargos de elección popular, se identifican con esa manera de entender y manejar una derrota política. Más allá del temor a la retaliación que pueda existir, sin duda este es un momento importante para que den un paso al frente y desde sus respectivos espacios reivindiquen la importancia del respeto a la institucionalidad democrática. Lo mismo aplica a las Fuerzas Armadas, su rol como árbitros reales del proceso electoral no culmina con el proceso en sí, sino en velar por el cumplimiento de la voluntad popular.
Desde el sector del oficialismo el llamado pueblo, ese gran número de ciudadanos que vive día a día la dura cotidianidad de un país a la deriva de la misma manera como muchos otros que no son del oficialismo lo hacen, tuvo el valor de dar el “gran viraje” o “golpe de timón”, y muchos de quienes dicen representarlo no han tenido el valor de defenderlos. Son pocos los dirigentes que se han hecho eco del mensaje claro del 6D, y esto deja en una orfandad mayor a quienes desde hace algún tiempo sienten que el proyecto revolucionario anda por mal rumbo.