Y llegó la Navidad, época supuestamente de amar, reencontrarse, perdonar, reconciliarse, dialogar, prometer, evaluar, planificar… y atreverse. Ante lo cual, es necesario un análisis crudo, rudo y duro.
Como señalamos en escrito anterior, el paisaje político venezolano ha cambiado y comienza a enraizarse el desapego político, la desafección institucional, la desconfianza, el desinterés y el extrañamiento político-partidista-electoral. Ello pone en entredicho la legitimidad, en tanto “creencia de que las instituciones políticas existentes, a pesar de sus defectos y fallos, son mejores que otras que pudieran haber sido establecidas”. Paisaje aliñado con una dosis de cinismo, ironía, sarcasmo y burla a la venezolana, que, peligrosamente, ayuda a sobrellevar y, a la vez, solapar el peso de la nueva cultura política.
Una ciudadanía desafecta, crítica o simplemente cínica puede aparentar ser gran defensora de la democracia, aun cuando esté convencida de que el funcionamiento del sistema no está a la altura de sus expectativas. Suerte de inercia política. O puede retirar sus energías del sistema, distanciarse de la política, recluirse en sus espacios privados a rumiar su desinterés, impotencia y, concluir que no es un actor político eficaz.
Lentamente van cambiando las actitudes y pautas culturales a través de las cuales nos relacionamos con el sistema político. Cobra cuerpo un nuevo paisaje político -caracterizado por un enfriamiento de las actitudes de la ciudadanía ante la política y un debilitamiento de la participación- que podría conducir a cambios en el comportamiento político. Estudiosos del fenómeno alertan sobre diferentes peligros. En primer lugar, el distanciamiento de la política señalado anteriormente. Una posible personalización y racionalización de la política, que conduciría a una situación de volatilidad del voto. Y el efecto más radical, una suerte de divorcio de la ciudadanía del sistema político, por la vía de la dramática reducción de la participación electoral.
