El saber popular es infranqueable. Tradicionalmente el pueblo decide a qué figuras quemar, representadas en unos monigotes bastante pintorescos en muchas esquemas de las principales ciudades del país. Esta tradición generalmente salpicada de influencias partidistas, por lo general tienen mucho más de espontaneidad a pesar de que se emitan comunicados oficiales de organizaciones políticas que pretenden dar línea a sus militantes para definir los personajes de la época.
Este año, el desprecio a la polarización fue evidente. A diferencia de otros años, donde pocos personajes de oposición y del gobierno eran los más populares, el presidente Maduro sin duda fue la figura estelar, acompañado de Ramos Allup, Obama, Lorenzo Mendoza, Capriles, Ramón Muchacho, Nelson Merentes, Hector Rodríguez y hasta los bachaqueros fueron objeto del desprecio popular.
Seguramente algunos podrán ver esta quema como símbolo de popularidad, pero el desprecio que esto refleja es aún más significativo que la popularidad. En el caso particular del Presidente, pareciera típico que esto suceda, pero en el nivel que ha sucedido esta vez, y que se diera el fenómeno de quemarlo junto a Ramón Muchacho, dice mucho del desprecio ante la polarización impuesta, que no es el mejor reflejo de la realidad de un país plural, diverso, y cansado de un «bipartidismo» al mejor estilo adeco-copeyano que se había pensado superado.
No tengo duda en pensar que el pueblo anda pidiendo a gritos una nueva forma de hacer política, una nueva referencia politica que supere este ciclo vicioso que nos tiene sumergido en el peor caos éconómico de la historia contemporánea venezolana.