Nos duele Chávez, nos duele que algunos quieran usarlo como bandera para cubrirse con él y no para alzarla en la batalla por la honestidad, por el poder popular, por la democracia revolucionaria, por la dignidad nacional. Todos escuchamos muchas veces decir al Comandante que él no tenía compromisos particulares, que su compromiso era con todo un pueblo. Nadie por más cercano que ha estado de él puede apropiárselo y mucho menos para propósitos innobles.
Quienes trabajamos, soñamos, construimos, erramos, avanzamos y convivimos con el Comandante Hugo Chávez, a lo largo o en distintas etapas de su vida revolucionaria, no tenemos derecho a reclamar inmunidades y privilegios, por el contrario, lo que tenemos es una gran carga histórica para el resto de nuestras vidas.
La cruz de Cristo que Chávez se echó en los hombros por los pobres de esta tierra, nos toca a nosotros cargarla con humildad y dignidad. Nosotros los compañeros y compañeras de Chávez no podemos vivir de leyendas, a nosotros nos sale es honrar la memoria y la obra del Comandante, todos los días, cada día, con trabajo honesto y esfuerzo revolucionario para construir junto a nuestro pueblo un porvenir de soberanía, igualdad, justicia y dignidad, es decir, una sociedad socialista.
No es a Chávez el que le toca ganar esta dura batalla que estamos librando, es a nosotros que nos toca retomar el camino de la estabilidad y la prosperidad que él consiguió para la Patria. Chávez se fue invicto de este mundo terrenal, no le endosemos a él nuestros errores, nuestras derrotas, honrémosle construyendo una victoria estratégica, popular y revolucionaria, nuestra victoria, que será entonces la victoria de su siembra, de su abono, de la semilla portadora de futuro que dejó regada por este suelo patrio que nos pertenece.