Opinión

No temer a las sombras, por Hildegard Rondón de Sansó

Temer a las sombras te llevará necesariamente a obstaculizar a los demás con la aparente justa excusa del derecho de defensa, porque te dirás a ti mismo que con tal medio te estarás simplemente protegiendo.

Un conocido personaje de la vida pública venezolana decía en un reciente discurso que su lema era “no temer a las sombras”.

 Esa frase es la que inspira este artículo, porque ella está impregnada de significados que tienen mucho que ver con la situación de nuestro país y con sus posibilidades de progreso.

 Temer a las sombras significa abrigar el miedo de que alguien pueda opacarte, desplazarte, colocarte en un plano inferior.

 Temer a las sombras equivale, por los mismos hechos antes mencionados, a abrigar la permanente sospecha de que los que están a tu lado serán tus rivales y que, quienes te ofrecen su amistad lo hacen con aviesas intenciones.

 Temer a las sombras te lleva a utilizar todos los medios para impedir que cuantos te rodean crezcan y superen tus propias alturas.

 Temer a las sombras te llevará necesariamente a obstaculizar a los demás con la aparente justa excusa del derecho de defensa, porque te dirás a ti mismo que con tal medio te estarás simplemente protegiendo.

 Temer a las sombras significa no percibir el momento en que se produce la necesidad del relevo generacional.

 Temer a las sombras es no tener hermanos; no tener discípulos; no tener relaciones estables y admitir exclusivamente vínculos de dependencia o de jerarquía, porque todo lo que es permanente y cercano puede ser una proyección que deteriore tu propia imagen.

 La frase, como puede apreciarse, me hizo cavilar por mucho tiempo y me permitió comprender tantas cosas cuyo sentido se me escapaba, para lo cual buscaba explicación y no la hallaba.

 En efecto, siempre me he preguntado sobre el por qué no se produce en nuestras instituciones fundamentales un verdadero y real cambio de guardia cuando están presentes las inexorables consecuencias del paso del tiempo.

 Si buscamos el ejemplo en la más conocida de todas las figuras que es la de los partidos políticos, podremos apreciar que ninguno de los líderes tradicionales de magnitud histórica, ha tenido una sucesión natural, lo cual puede ser debido a múltiples razones, pero una de las posibles es, sin lugar a dudas, la del miedo a las sombras. En las cátedras de nuestro medio universitario, la espera muchas veces infructuosa de los concursos, revela que no habrá entregas voluntarias de las posiciones logradas, esto es, de los contactos internos y externos en el plano intelectual; de las posibilidades de proyectarse hacia el exterior y de acceder a las publicaciones de alto prestigio. 

 En la medida en que el miedo a las sombras sea de naturaleza exclusivamente personal, el problema no reviste otro daño que el detrimento que tal conducta produce sobre la imagen de quien la manifiesta. Diferente es la situación cuando se traslada al ámbito institucional y se inhibe la creación, dotación o mantenimiento de un organismo por el temor que los que poseen los titulares de otro, es el sentido de que tal incremento pueda reducir sus propios poderes.

 Es así como, a duras penas sobreviven organizaciones sobrecargadas de competencias e incapaces de delegar o de permitir su desconcentración.

 El temor a las sombras ha sido el motivo recóndito pero real y efectivo de la lucha contra la descentralización: Cuando se dice “no quiero caciques regionales”, a sabiendas de que nuestro sistema político-territorial tiene los mecanismos para impedirlo, lo que se está es atentando contra el fortalecimiento y eficacia de las entidades locales.

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