Nos pasamos media biografía hostigándonos unos a otros y acosándonos mediante lenguajes hipócritas, rompiendo con nuestras tradiciones, haciendo barrida de todo, hasta de las raíces que nos sustentan, como seres vivos y pensantes. Tanto es así, que nuestra específica historia de cada día, también la amoldamos a nuestros intereses, y así ha surgido una nueva corriente impositiva de vivir el momento presente, aunque nadie respete a nadie. Hay una colonización cultural destructiva a más no poder. No tenemos que ir demasiado lejos para ver algunas muestras, de ese fomento ideológico, que nos deja sin palabras. Todo lo que no me agrada lo acorralo, lo dejo sin espacio, sin camino. No importa el número de perseguidos, lo que interesa es el disfrute egoísta del instante. Da igual que origine desequilibrios. Los poderosos nos han aleccionado hasta el extremo de dejarnos sin conciencia. Lo fundamental es la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. Vivimos anestesiados. Ayer las diferencias se consideraban. Hoy, con estas modernidades rígidas, todo se pone en entredicho, hasta la misma creación o el equivalente sentido natural de las cosas. Ojalá abramos los ojos antes de que sea demasiado tarde y pongamos más corazón que ideología en nuestro andar, más serenidad que terror en nuestro sentir, más vida que muerte en suma.
Estamos en la era en que todo se falsifica, en lugar de buscar la rectitud del cobijo y no del ataque permanente. A las realidades hay que conocerlas por su nombre. Y, en este sentido, los sembradores del terror son terroristas, y sus actos son injustificables independientemente de quién, cómo, dónde, cuándo y por qué se cometan. De ahí, que todos los Estados han de combatir esta lacra actual, ajustándose a las leyes internacionales humanitarias, de refugiados y de derechos humanos.
En cualquier caso, ante estas modernidades irrespetuosas con algunas gentes, urge repensar en ese espíritu fraterno que todos requerimos, junto a una presentación responsable de una sociedad democrática, capaz de ofrecer posibilidades de proceder digno para todos sus moradores. Esta es la cuestión. Por lo tanto, uno debe preguntarse por esta atmósfera de ideólogos doctrinarios que todo lo dividen a su antojo, bloqueando cualquier senda de rescate.
Lo importante, a mi juicio, es ser menos predicadores y más servidores unos de otros. Siempre es más valioso tener la incondicional estima por el ser humano, que su fascinación por lo que nos aporta a favor de nuestra economía. Sin duda, es evidente que tenemos que cambiar para no seguir haciéndonos daño a nosotros mismos, lo que nos exige reencontrarnos con la verdad, que es la que nos hará más bondadosos, mejores personas. Seguramente hemos de ir a contracorriente, pero al final del trayecto, despojados de estas nefastas ideologías que nos adormecen en la pasividad, colonizándonos en la permanente confusión, hallaremos otros caminos más de todos y de nadie, donde la belleza gobernará los espacios.