Una revisión somera de la migración venezolana de los últimos años, nos indica que es inusitada e inédita en nuestra historia.
Nunca antes hubo tal movimiento migratorio de venezolanos hacia el exterior. El fenómeno es muy complejo y no debe despacharse con alguna exclamación simplista; ya se habla en medios y foros –de seguro con toda la intencionalidad política- de una “diáspora venezolana”.Venezuela fue, históricamente, un país receptor neto de migrantes, incluidos los refugiados. Nuestra población nacional era conocida internacionalmente como viajera, llegando a acuñarse la imagen de ser turistas gastadores. Muchos recuerdan con nostalgia los tiempos del dólar a 4,30 bolívares, los viajes masivos a Miami, y del “ta’barato, dame dos”. Eran los espejismos de una Venezuela petrolera que medró en la abundancia artificial de lo importado, matando los gérmenes de una producción nacional incipiente. El llamado “Viernes Negro” de 1983 rompió como copa de vidrio la prolongada ilusión saudita (aunque algunos escogidos amasaron fortunas grotescas con la quiebra del país).Pero una y otra vez, como el ludópata, apostábamos al renacer del consumismo importador, rezando por subidas de precios del petróleo, tanto para volver al añorado Disney World, como para construir la “Gran Venezuela”. “Ni una cosa, ni la otra, sino todo lo contrario”, al decir de aquél que fuera dos veces presidente del país onírico.Esta peste gastadora nos persiguió hasta hace poco con la vagabundería burocrática que inventó el raspacupismo y el cadivismo, males contagiosos del alma y de la economía.Esta emigración masiva de nacionales hacia todas partes, presenta las siguientes características:1) Que se produce en un ambiente de estigmatización, producto de la prolongada y agresiva campaña mediática internacional, lo que yo llamo “el linchamiento de la venezolanidad”.2) Que lleva la carga de la polarización interna, vale decir, que se trata mayoritariamente de personas afines a la oposición que han caído en la actitud apocalíptica de creer –rabiosamente algunos- que los problemas del país no tienen solución y que vamos inevitablemente a peor. 3) Que constituye una pérdida severa de capital humano y talento profesionalizado; las consultas realizadas por este investigador, apuntan a estimar en más de un 50% los emigrados con títulos universitarios de tercero y cuarto nivel, cifra que sube a un 80% si sumamos los que ostentan grado técnico superior.4) Que esta disminución abrupta de población, afecta el mercado interno y debilita la demanda agregada. En todo caso, en cuanto a pérdida de actores económicos, ni siquiera las pocas remesas que puedan enviar algunas de estas personas a sus familiares en el país, mitigan la enorme pérdida en capital humano y economía endógena que la emigración representa.
Además de estos rasgos específicos de nuestra emigración, surgen algunas preocupaciones:1) Que el Estado no ha definido lineamientos claros.
2) Que –por tanto- la gestión consular debe prepararse para manejar movimientos masivos, elaborar manuales y/o protocolos que orienten el accionar ante la nueva situación. Hay que estar en condiciones de cumplir nuestras obligaciones para con estos ciudadanos en el extranjero.
