Desde la oposición, el cacerolero común aplaude las sanciones “que solo afectan a funcionarios chavistas”, y mientras busca un antibiótico que no se consigue, sin atar cabos, se imagina la mansión mayamera de Diosdado precintada con tiras amarillas con letrotas negras que dicen “CONFISCATED”, y el yate de Tareck y el apartamento de Padrino Lopez, y ni hablar de sus cuentotas en el Nations Bank.
Se imagina todo eso, que él sueña para sí, en manos de chavistas y un bien hecho, plátano hecho, brota de su pecho, porque sabe que son bienes mal habidos, of course porque nadie, trabajando en política, puede tener tanto sin robar. Así las sanciones son un acto de justicia y más, son algo mucho mejor: son una forma de extorsión.
Pero el cacerolero no entiende por qué los sancionados no arrugan, ni que les tuerzan el brazo quitándole sus yates, sus propiedades chísimas con vista a la bahía de Biscayne. No entiende el cacerolero que nadie le afecta que le quiten lo que no tiene.
Tampoco entiende que hay otros brazos torcidos a punto de fractura: la mayoría de la dirigencia opositora sí tiene propiedades carísimas y cuentas bancarias gordotas, en los Mayamis y Niuyores, y sin disimulos, porque ellos sí pueden tener esas cosas sin despertar sospechas, you know. Ellos, los verdaderos extorsionables, a los que un telefonito los pone a temblar.