La Asamblea Nacional Constituyente nace con un importante apoyo electoral y altísimas expectativas de la ciudadanía. De no dar respuesta efectiva en el corto y mediano plazo, las esperanzas se convertirán en riesgos que indudablemente afectarán su credibilidad y legitimidad y conducirán a resultados adversos a su intención original.
El triunfo no debe interpretarse como la batalla final, debe valorarse como un reto histórico, un compromiso con el país y la obligación de ser representativa, democrática y pluralista, aun cuando la oposición no haya participado oficialmente en el proceso electoral.
Debe evitar la repetición y reiteración del discurso político-electoral. No debe perderse en una retórica discursiva, en la ironía, en la descalificación y destrucción del otro. No debe solazarse en el uso de la retórica en tanto discurso persuasivo, en detrimento del contenido y la argumentación. Aun cuando, es importante atraer la atención por medio de la empatía y la emocionalidad, la atención debe centrase en argumentos lógicos que den respuesta a los objetivos que se plantea.
Debe ser una instancia incluyente, desarrollar estrategias para la incorporación de todas las voces y “dar espacio a nuevas formas de democracia protagónica, participativa y directa”. Debe evitar convertirse en brazo del Ejecutivo, legislar para el país y no en pro o en contra un determinado sector político. No debe interpretarse como una trinchera para derrotar al enemigo político debilitado y, además, conducido al terreno electoral. Debe cumplir con el mandato de “ganar la paz y reafirmar los valores de la justicia a través de un diálogo nacional”.