Estoy frente a la oftalmóloga de la cual soy paciente. Después de horas de espera, llega mi turno porque su clientela es enorme gracias a su eficiencia y prestigio nacional y exterior. A pesar de la prisa que nos acompaña, hablamos del futuro y me dice que son pocos los días que le quedan en Venezuela, porque partirá para otro país que le ofrece mejoras profesionales, seguridad para la educación de sus hijos y tranquilidad familiar.
No hay posibilidad alguna de argumentar en contra de una decisión asumida por tales razones, porque la realidad está presente en los titulares de los periódicos que aluden a los atracos, secuestros y al dolor definitivo de la muerte de los allegados. La crónica actual del país está teñida de la sangre de tantas víctimas de todas las clases sociales, atacadas por cualquier razón nimia o por ninguna razón.
¿Qué le pasó a nuestro país que se volvió ese lugar del cual se desea escapar como si fuera una cárcel? Ese deseo es, a sabiendas de que es uno de los lugares más bellos del mundo; de que solamente se tiene una patria, de que al irnos, nos volvemos extranjeros y perdemos los grandes vínculos que embellecen la vida: los parientes cercanos; los amigos; los conocidos; las rutinas diarias y sobre todo, los lugares, esos lugares llenos de paisajes hermosos, de sensaciones totalmente diferentes a las de otros mundos porque tienen un olor, un color, un sabor que no podemos encontrar en ninguna otra parte. Así como mí interlocutora va a aceptar la oferta que recibieron, así están todos los profesionales de Venezuela….pero no son solo los profesionales los que se van. En un curso que dictaba en el último año de la carrera, más de la mitad de los presentes en un día en que me permití hacer la consulta, querían iniciar su profesión en otra parte: a riesgo de pasar por duras reválidas; por el aprendizaje de una nueva lengua; por el rechazo y la desconfianza que se tiene, —seamos sinceros—, contra los venezolanos.
El hecho es que se están yendo: hay familias enteras desglosadas por la distancia, algunas se van por “turno”. Primero, los más ansiosos que llamaron a los restantes; se van los muy jóvenes y hasta los menos jóvenes y yo me pregunto si es cierto o no que hay sistemas valederos para darles el sosiego que necesitan para vivir en su propio país. No se piense que estableciendo obstáculos o dificultades para la salida se logra algo: lo que se obtiene es fomentar el odio y la rabia. No otorgar pasaportes; no apostillar los documentos demostrativos de los estudios realizados; permitir la subida desmesurada de los boletos aéreos y sobre todo, cerrar las puertas de las divisas. Nada de eso va a impedir que se vayan.
