Esa mañana, estaba M. Rajoy feliz en su despacho, recortando pensiones por aquí, presupuestos escolares por allá, privatizando hospitales más allá…
Una mañana de primavera, con churros y chocolate, “churros españoles muy españoles, en español de España, sí, señor, sin dialectos de esos raros algunos llaman idiomas y que no son sino un español mal hablado, un invento diabólico separatista para adoctrinan niños
Menos mal que están los alemanes. Esa gente sí es gente y muy gente es, no como los belgas, que se negaron a encarcelar a Puigdemont, el bandido que hizo un referéndum inconstitucional, mire usted, y que andaría por ahí si no fuera porque hay países serios y alemanes, que no permiten que un golpista vaya y venga, como la sortija, sin que nadie lo detenga…” –pensaba absorto Mariano, mientras el churro remojaba el churro en la taza caliente, cuando una ráfaga helada surcó su despacho trayendo consigo una inexplicable y espesa niebla que desafiaba las puertas y ventanas cerradas del Palacio de la Moncloa.
“Sr. Presidente, afuera están un hombre con una ceja enorme y su vampiro mascota” –anunció un asistente, intentando sacudir la niebla que le hacían tropezar con los muebles. “¡Hombre! Esos son Julio Borges y Antonio Ledezma, mis amigos demócratas que quieren derrocar al Maduro. Hágalos pasar…