Rodolfo Quintero, fue uno de los venezolanos que mayores aportes hizo al estudio de los aspectos socioculturales, políticos y económicos que enmarcaron la política petrolera venezolana en las décadas de 1930 a 1950.
Autor de El petróleo y nuestra sociedad y La Cultura del petróleo, nació en Maracaibo, cuando la ciudad no alcanzaba aún los cien mil habitantes. Etnólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, doctor en Ciencias Antropológicas de la Universidad Central de Venezuela, dirigió el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, así como Coordinador general de la importante obra de equipo editada por la UCV.
Durante varios años vivió en campos petroleros del país y fue el organizador y principal directivo de la primera organización gremial de trabajadores de la industria del petróleo. Colaborador de conocidas revistas científicas y culturales del continente americano y de Europa. Autor de numerosos libros, entre los que se destacan: “Elementos para una sociología del trabajo”; “Antropología de las ciudades latinoamericanas”; “El hombre y la guerra”; “Sindicalismo y cambio social en Venezuela”; “La cultura del petróleo”; “Caminos para nuestros pueblos”; “Copérnico y ciencia moderna”; y “Los estudiantes”. En su obra La Cultura del Petróleo (2011), explica que: “(…) Los individuos pertenecen al campo petrolero y son controlados por las normas de éste.
Se les crean modos de participar y creencias que contribuyan al orden y la estabilidad del campo: donde el poder de los que mandan tiene expresión en actitudes generales y formas de ejercer la autoridad. Por eso, en un sentido general, la comunidad del campo petrolero puede ser considerada como una institución. Una institución colonialista (…) futuros pobladores de los campos petroleros que llegaban desde diferentes regiones del país.
En su mayoría eran jóvenes en buen número, se sienten liberados del trabajo de la agricultura que practican de sol a sol, de las monótonas y peligrosas operaciones de pesca. Por duro que sea, el trabajo en la industria petrolera les resulta mejor, porque al terminar la jornada de cada día saben cuánto han ganado. Y pueden vivir sin depender de la incertidumbre de la cosecha, ni de las posibilidades ni contra posibilidades de éxito cuando se echa el chinchorro al mar”.
A medida que avanza el siglo, el éxodo campesino se acentúa y, en la misma medida, el campo va deshabitándose y con ello, la producción agropecuaria. Mientras tanto, la nación crece en población, muy lentamente en principio, porque las enfermedades la devastan a edades muy tempranas. Ya en la década de 1930 surgen de la universidad venezolana algunos estudiosos preocupados por investigar la realidad social, económica y política de los trabajadores de la industria petrolera.
En los primeros tiempos de la explotación petrolera, describe el doctor que: “las posibilidades vitales de los pobladores de los campos petroleros eran semejantes, ya que todos compartían los mismos riesgos.
Por no existir medios que asegurasen el alivio de los males individuales mediante vínculos con los empleadores, cada trabajador encuentra seguridad uniéndose a los que están en sus mismas condiciones.
Es así como en conjunto crean una subcultura homogénea que hace reaccionar a las personas de forma similar ante símbolos iguales. Y esta homogeneidad cultural facilita la aparición y el desarrollo de una conciencia de clase que tiene expresión en comportamientos contrapuestos a las normas del grupo que dirige y administra el campo. Y, por extensión, de los que ocupan posiciones de poder y riqueza en la sociedad regional y en la nacional.
La adaptación al estilo de vida de los campos petroleros registra constantes búsquedas de un equilibrio entre las nuevas formas culturales y la herencia de otras formas. Esta forma de vida evoluciona y va condicionando lo que se conoce como la “cultura” del petróleo, génesis de las luchas petroleras que, poco a poco, van condicionando nuevos esquemas de la política petrolera venezolana.