La corrupción se apodera del país, se naturaliza, forma parte de la cotidianidad y cual poder real y simbólico nos somete a sus diferentes manifestaciones: política, económica administrativa, judicial, moral…
La corrupción, supuestamente negativa, ilegal e ilegítima, se ha ido erigiendo en una suerte de institución, arraigada culturalmente. Lentamente ha ocurrido un proceso de normalización y legitimación social del fenómeno. Un entramado corrupto se instaura, se impone y corroe los fundamentos éticos de la sociedad venezolana. Trama que se aloja y pervierte tanto el espacio público como el privado; red de complicidades que se expresa en la micro y macro corrupción, formando un todo.
Frente a la corrupción se levantan voces denunciándola como un fenómeno social grave, extraordinario y negativo; sin embargo, en la ciudadanía se instaura la creencia opuesta en tanto situación normal cotidiana que está en todas partes.
Nos hemos habituado a las alcabalas y peajes que emanan de la burocratización, rígidos procedimientos, operaciones repetitivas innecesarias, redundantes, retraso en toma de decisiones. Nos hemos habituado al entramado corrupto que pervierte normas, reglas y usos; perturba la cotidianidad y la convivencia; especialmente el recorrido de bienes de consumo hasta llegar a manos de los bachaqueros…Nos hemos habituado al pillaje generalizado
