Las emociones y los afectos se entronizan en las redes, en tanto consecuencia y manifestación del contexto político que vive el país.
La afectividad es una construcción colectiva que no puede ser definida desde la racionalidad, sino desde el sentido y significado que individuos y grupos dotan a las experiencias socioculturales y políticas en las cuales participan. La afectividad es entonces un factor decisivo en la construcción de realidades.
En la coyuntura actual, la politización y polarización se apoderan de las redes, terreno fértil para los sentimientos exacerbados que desplazan e imposibilitan el discurso racional. La emotividad desbordada domina la política, la economía y la vida privada. La esfera íntima se desnuda y, sin pudor alguno, se expone y se convierte en esfera pública.
El absurdo, los insultos, las ofensas y las acusaciones inherentes al discurso del odio reinan en las redes. Se naturaliza el odio, ese sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, o fenómeno. Se nos hace familiar el deseo de dañar o destruir al “otro” y, en su defecto, se cultiva la esperanza de que le ocurra alguna desgracia. El odio desatado y la libertad de odiar campean a sus anchas.