Una de las mayores amenazas de esta época que vivimos es la falta de horizontes, el cúmulo de sensaciones desesperantes que a diario nos tejemos unos contra otros y la ausencia de diálogo verdadero. Ciertamente, una sociedad que vive de las apariencias, sin sentimiento alguno, difícilmente va a salir de este vacío que nos desmorona. No hay manera de avanzar humanamente, sino establecemos otros lenguajes, más del corazón a corazón, que del cuerpo a cuerpo. De ahí, que los referentes políticos han de ejemplarizar sus acciones.
Para empezar, resulta preocupante la escalada de tensiones políticas que el mundo vive. Hay que hacer todo lo posible por reducirlas, por prevenir hechos violentos y pérdidas de vidas. Entre todos, tenemos que salir de esta atmósfera de confusión y desarrollar otros ambientes más acogedores, más de la colectividad sin exclusión alguna, fijando nuestra atención en los espacios armónicos, siempre crecidos y recreados por el Aristotélico sueño del hombre despierto, el de la esperanza. Sin duda, seremos salvados por ella, pues es el mejor estimulante que podemos darnos internamente, sobre todo en estos precisos instantes, cuajados de dificultades en los que nadie respeta a nadie.
De un tiempo a esta parte, los derechos humanos y el compromiso de los moradores del mundo con el parlamentar, se ha desvirtuado y desvanecido. Se busca más el espectáculo que la resolución de los problemas de la gente. Los efectos brotan por doquier: El mundo arde de injusticias y la desesperación es un tormento para muchas vidas inocentes. No podemos continuar así. Todas las partes en conflicto, independiente de su afiliación política, están obligadas a entenderse. No se puede incrementar más la rigidez y polarizar aún más las situaciones.
Hay que llamar a la calma. La veracidad y la entereza son las que han de gobernar en cualquier existencia humana. Por eso, necesitamos otras ideas de poder, menos usureras y más devotas del deber, para que podamos fraternizarnos. Ya sé que esto no es fácil, sobre todo después de habernos dejado encadenar, hasta las mismas entrañas, por el dinero; por el tanto tienes, tanto vales.
