El término conlleva la idea del cambio. De la superación de una situación presente para construir otra diferente de vida mejor, digna, en justicia, en libertad.
Cuando una situación se hace insoportable para la vida del colectivo, cuando el ambiente se hace irrespirable, se integran muchos factores. Convergen allí quienes piensan que solamente se trata de un quítate tú para ponerme yo. Estos han sido tradicionales en nuestra historia política. Vale el ejemplo de un líder del siglo XXI que respondió a quien le preguntaba porqué su bando tomaba un nombre y un color de bandera, cuando mandaban los amarillos y/o los azules, este líder respondió, que lo hacía porque los otros ya habían asumido el nombre y la bandera contraria.
El contenido y alcance de los cambios que han propuesto las «revoluciones» criollas, han tenido sus matices. Recuerdo de las lecturas de quienes trataron de relatar la historia del M19 en Nueva Granada, una expresión de un romántico costeño granadino, Jaime Bateman Cayón, diciendo que en su país era tan revolucionario que se aplicaría la constitución de su patria.
Nada distinto ocurrió al interior de nuestro Movimiento Bolivariano en su construcción inicial. Allí teníamos lo que ha sido tradicional en la política venezolana: Sencillamente nacionalistas con una visión cotidiana de la historia y de la sociedad, social cristianos progresistas, marxistas ortodoxos, marxistas críticos de la situación que eclosionaba en la Europa Oriental. Pero un centro de dirección con una orientación ética, de principios morales, con convicción de servicio y animados por una idea romántica de patria. Un centro bolivariano, nacionalista, desprendido de ambiciones personales.