Este debe ser el único país en el que, en lugar de disputar el poder, los políticos se pelean el título de “oposición”. 20 años de polarización extrema han construido un imaginario en el que ‘oposición’ es el que más grita e insulta, el más demagógico, el que dice “blanco” si el otro dice “negro” y “negro” si el otro dice “blanco”. No les interesa construir. Poco importa que ayer se hayan derretido ante Arias Cárdenas, acusando de “traidores” a quienes no lo hicimos. Menos, que sus salidas hayan sido, una y otra vez, callejones sin salida que terminaron fortaleciendo al gobierno que dicen adversar. Aun menos, que los certificados de ‘pureza opositora’ los otorguen, oh sorpresa, notorios conversos, con todo el síndrome que eso implica.
En esa dinámica no hay disidencia, sólo ‘traición’. No hay democracia, sólo guerra a muerte. Si “¿con quién estás tú compañero?” fue en el siglo XX un eslogan de campaña, en el XXI es la manera de suprimir cualquier vestigio de disenso, de reclamo, de llamado a cuentas claras. Lo suyo no es la transparencia ni la libertad, sino el cierre de filas ciego, automático, so pena de las sanciones sociales, económicas, políticas, de excomunión de la “Venezuela decente”, que les da ese derecho divino de haber nacido al este de Chacaíto y creerse la tapa del frasco. Su neo-Macartismo y sus listas.
En lugar de bregar el apoyo del pueblo, andan es pendientes del Norte, poniéndose en fila, con su mejor sonrisa, mostrando las encías con la esperanza de ser, ellos, los elegidos, no para gobernar, sino, de nuevo, para ser ‘la oposición’. Por eso, quien se sale del libreto debe ser sospechoso. Después de todo, ¡¿quién se va a pelar esa manguangua?! Debe ser -esa es su lógica- que están en fila en otra subasta, mostrando otras encías a otros dueños. No pueden sino juzgar por su condición. No entienden nada.
Lo hemos dicho ya: no existe la oposición. Existen las oposiciones. Unas, pendiente de la renta, de la rapiña, del modus vivendi. Otras, en su diversidad ideológica y programática, pendientes de ganarse, a pulso, el favor popular y la confianza, no para ser ‘la oposición’, ¡sino para llegar al gobierno! De eso se trata. Otras más, jugando a los equilibristas, no porque los anime un espíritu amplio de conciliación, sino porque se amilanan ante el chantaje de quienes se juran dueños de la narrativa y de todo lo demás. Se equivocan, estos últimos, al creer que esa postura les traerá beneficios por parte de quienes los desprecian y los ven por encima del hombro.