De los resultados de las elecciones brasileñas no se pueden sacar conclusiones que reduzcan los hechos a una visión de ciclos en los que fuerzas de derecha y de izquierda sufren avances y retrocesos definitivos. En realidad, la disposición de fuerzas en el tablero es mucho mas variada y los avances y retrocesos no se dan de forma lineal.
Son numerosos los países del continente donde no existen consensos hegemónicos claros ni sociales ni políticos y en consecuencia las pugnas y rivalidades son intensas y buscan expresarse por medio de diversos liderazgos y partidos que irrumpen como novedades. Lo fue Alberto Fujimori en Perú y Vicente Fox en México hace algún tiempo. Un mundo en movimiento frente al cual no hay que sorprenderse, ya que no ha llegado el fin de la historia ni han desaparecido los intereses y las visiones contrapuestas en la sociedad.
El fin de la guerra fría dio paso a una distensión que creó las condiciones para que algunas de esas expresiones novedosas provenientes del campo denominado progresista se les permitiera acceder al poder por medio del voto sin la acostumbrada contención automática de parte de los factores de poder, los cuales incluso en ocasiones apostaron de alguna manera a su emergencia electoral.
En el caso brasileño, Lula ha representado una centroizquierda moderada, con ideas muy cercanas a la socialdemocracia europea, consustanciada con la democracia representativa y la distribución social de la riqueza. El Partido de los Trabajadores reunió juventudes y logró con el carisma de Lula darle una base popular a esos ideales, que hasta entonces circulaban con fuerza solo en núcleos universitarios. Todavía hoy, en medio del revés electoral, es una gran fuerza popular.
