La actual Constituyente es un nuevo y quizá último voto de confianza de un electorado que suplica que se lo defienda contra una Guerra Económica que lo está devorando.
1) Lo único peor que no tener poder es tener poder y no usarlo. Por el voto de más de ocho millones de compatriotas tenemos una Asamblea Nacional Constituyente con 545 miembros, al parecer en su casi totalidad progresistas. La oposición dice haberse abstenido: es su derecho, pero ello no le confiere potestad para decidir como si hubiera participado. Tendrá nuevas oportunidades: las que ella no le hubiera dado al adversario político de haber triunfado.
2) Espero que los elegidos tengan plena conciencia de la oportunidad única que se les presenta. En 2005, la mayoría de los opositores se negaron a presentar candidaturas para la Asamblea Nacional, y los pocos que se candidatearon no reunieron suficientes sufragios para ser elegidos. El resultado fue un Poder Legislativo rojo rojito, vale decir, exclusivamente con representantes de organizaciones progresistas. Tan inaudito como fue el poder que la abstención opositora confirió al bolivarianismo, fue la falta de uso que este le dio. Durante el quinquenio que dispusieron de unanimidad casi absoluta han podido sentar las bases del socialismo venezolano, ya asumido como proyecto de gobierno por Hugo Chávez Frías y reconocido en los estatutos del Psuv. Ninguno de los otros grandes problemas nacionales fue abordados tampoco, y menos resuelto. Pareciera que los debates se centraron en comadreos decorativos y cuestiones de estilo. Ante la inercia legislativa, Chávez debió continuar la práctica de normar mediante Decretos Leyes. Nadie sabe lo que es una Asamblea Legislativa hasta que la pierde.
3) El nombre de la soberanía, como el de Dios, no debe ser invocado en vano. La actual Constituyente es un nuevo y quizá último voto de confianza de un electorado que suplica que se lo defienda de manera contundente contra una Guerra Económica que lo está devorando. Nada sería más grave que convocar el supremo poder y obtener un prodigioso cheque en blanco para dilapilarlo en más de lo mismo, ejercicios retóricos, consagración constitucional de caprichos e intereses particulares y contrabandear normas neoliberales disfrazadas de bolivarianas. Basta de matar el tigre político y tenerle miedo al cuero burgués. No tenemos más límite que nuestro propio atrevimiento. Estamos en la hora de la verdad: se acaba el tiempo de la mentira y el del mentiroso.
