Es prácticamente una obligación ¿moral? comenzar el año presentando elaborados pronósticos supuestamente racionales, que compiten con predicciones, profecías, augurios, vaticinios, presentimientos e intuiciones sobre el destino del país durante el 2019. Tarea futurista en la que se funden y confunden razón, subjetividad y clarividencia.
En el clima nacional bullen las pasiones engendradas y cultivadas a la luz de la profunda crisis multidimensional con la que nos abrimos al nuevo año. Tránsito en el que parece comandar la política del miedo y una fecha clave: el próximo 10 de enero…
Prisioneros y prisioneras de polaridades que se debaten entre la rabia y la esperanza, es difícil tomar distancia de la propia subjetividad de la vida diaria. En la situación actual es realmente complicado despojar la experiencia y la vivencia de las cargas afectivas y emocionales. Miedo, rabia, indignación, ansiedad, esperanza se hacen presentes en la cotidianidad ciudadana; aun cuando también juegan, “sin querer queriendo”, un importante papel en planteamientos de analistas y pronósticos extrasensoriales de clarividentes.
En la inmediatez -y a pesar de la crisis actual- afrontamos el reto de construir, rescatar o potenciar la esperanza, la ilusión, el optimismo, la fe, la certeza, la seguridad, la certidumbre con miras a enfrentar el futuro del país y, muy especialmente, las expectativas de la indefensa ciudadanía.
