En las ciencias sociales el “estiramiento conceptual” es común y muchas veces desemboca en imprecisiones sobre la denotación y connotación de los términos. Usualmente, se tienen diferentes palabras para explicar una misma acción, hecho, circunstancia o, incluso, más allá, se utilizan distintos términos para razonar sobre la estructuración de algún sistema.
Este es el caso de la democracia. David Collier y Steven Levitsky en su publicación “Democracia con ‘adjetivos’: innovación conceptual en la investigación comparativa”, da cuenta de la multiplicación de creaciones conceptuales de democracia para diferenciar las experiencias de los sistemas democráticos en distintos países; asimismo organizan definiciones de subtipos de democracias considerando variadas concepciones que llegan a más de 550 definiciones.
Por esto, me surgen estas preguntas: ¿será que esta variedad conceptual y su uso es la causante de nuestras contradicciones en el proceder democrático?, ¿será que la definición de democracia está sujeta a los objetivos e intereses específicos de los gobernantes y cambian al ritmo de estos?, ¿por qué no se puede converger hacia un único y claro concepto de democracia?
Partamos diciendo que la garantía práctica de la democracia plena en toda su representación resulta compleja en todos los sistemas democráticos, por lo tanto, el modelo de convivencia político, económico y social, se va ordenando dependiendo del tratamiento que le demos a ese sustantivo. Sabiendo esto, la democracia podría pasar de democracia “liberal”, “representativa” o “protagónica” a una democracia “enferma”, “socialmente explosiva” o “conflictiva”, es decir, penderían entre completa o parcial según la fórmula o el trato que se le brinde.
