A mi santa Madre Lilia y a todas las santas madres
Escribir sobre la muerte de mi madre es doloroso. Han sido días de intensa reflexión en donde sentimientos de todo tipo confluyen en una misma dirección, creando un vacío y confusión existencial solo explicable por quienes lo han padecido. Corrientes inesperadas de brisas de incertidumbre que en algunos casos quitan el deseo de vivir, se pierden las fuerzas y entras en una inercia que solo la soledad contemplativa, el tiempo (Dios) y el acompañamiento de seres queridos ayudan a aliviar. Escribe mi madre en uno de sus poemas: “Crecieron las raíces del mal en todas partes, en todos los caminos, en todos los lugares, en un cielo oscuro con cenizas en las alas, y Dios no dice nada, sigue absorto y callado mirando el espectáculo del fracaso rotundo de los hombres de barro”
Es un poema duro y real, este era el tema que le inquietaba. Consciente de ello colocó una coraza de alegría y optimismo en su exterior, que brillaba con su sonrisa única y especial. Era el sacrificio que hacia por proteger a quienes amaba. Fue a través de sus poemas que pudo trasmitir las angustias humanas, desnudó su alma para darle a su familia y al mundo una visión de quienes somos: “los amigos me preguntan ¿Por qué escribo versos tristes con las palabras heridas? Dos alforjas siempre llevo, una esta llena de gozo, la otra tiene el sentimiento de los dolores pasados”
La dulzura y la amargura son características de la vida humana. Así fuimos creados por un ser superior que con deliberada intención nos dio el libre albedrío para que, desde el interior, cada ser humano tome sus propias decisiones, una libertad para ser administrada sin restricciones pero que tiene consecuencias. Éste será el legado personal de cada uno o como diría Jorge Luis Borges “Que cada hombre construya su propia catedral”
