La abrazadera de la crisis aprieta. Los mega apagones comparten protagonismo con la cada vez más grave falta de agua. Todos, salvo muy pocos, estamos sometidos a los embates de esta cruda realidad. Este caos, según parece, llegó para quedarse un buen tiempo. Resolver la crisis eléctrica no sólo es cuestión de un cambio político. Entre ese cambio y una solución al problema pueden pasar años, según dicen los expertos en el tema.
Y no está escrito que el cambio es para ya, aunque sea la voluntad absolutamente mayoritaria de los ciudadanos. Si esa voluntad pudiese expresarse electoralmente, no tengo duda de que Miraflores tendría nuevos inquilinos producto de ese resultado. Acompaño la demanda de elecciones limpias, libres, transparentes, con un nuevo Consejo Nacional Electoral, pero no dudo de que aún sin esas condiciones el descontento es de tal magnitud que sería imposible detenerlo, con todo y trampas, ventajismo, cajas de comida, colectivos y demás ingredientes con los cuales juega un oficialismo acostumbrado a abusar del poder y cada vez con menos escrúpulos. Tristemente no se visualiza, al menos por ahora, una solución electoral. Esa sería la menos costosa y la más perdurable.
Pero a la crisis eléctrica y a la subsecuente agudización de la escasez de agua se suma el agravamiento del ambiente político. Salvo que por debajo de cuerda se muevan otras opciones, nos acercamos, como lo venimos advirtiendo desde hace tiempo, a mayores escenarios de confrontación. Los grupos paramilitares o parapoliciales están actuando nuevamente con impunidad y con desparpajo, como lo comprueban los numerosos testimonios visuales que circulan por diversas vías. Y el terrorífico FAES pasó también a cumplir labores de exterminio de la protesta popular.
El discurso político “revolucionario” cede paso otra vez a la represión contra quienes protestan legítimamente por la falta de agua, por el caos eléctrico y por todo este infierno en el cual se encuentra la “Venezuela potencia”. Obviamente, hay una conexión entre lo que dicen los dirigentes del oficialismo sobre la activación de los mal llamados colectivos y lo que se ha visto en la calle. Quienes ayer nomás reivindicaban la protesta del bravo pueblo por circunstancias menos penosas que las actuales, hoy lo reprimen sin ningún rubor. Estos “stalincitos” tropicales se asemejan demasiado a los protagonistas de la Rebelión en la granja de George Orwell.
