El desvelo del Libertador por la patria boliviana tiene de seguro su razón, su motivación en su propia capacidad para captar lo inaudible para los ojos y los oídos del común. No hay duda de razones de estrategia y lo que después llamamos Geopolíticas, para afianzar la existencia de esa patria con mayoría de Aymaras, Quechuas y Guaraníes.
Pero lo inaudible para el común está precisamente en la especificidad de la cultura y la cosmovisión de sus habitantes originarios. Un centro histórico, cultural, casi podría decirse el corazón de la América morena. Por su territorio y por su gente.
Con el Presidente Evo Morales, sin duda se dio un vuelco hacia esa esencia. Un indio gobernando, hablando del respeto a la Pachamama, de la armonía con la naturaleza y de las enseñanzas de la vida en colectivo, anteriores también a las tesis socialistas del siglo XIX.
Las ambiciones de los viejos dueños del poder colonial, cruz y virgen en la mano, arremetieron violentamente, con justificaciones indefendibles contra la experiencia de crecimiento económico sostenido, de avances en los indicadores de Naciones Unidas, de estabilidad en todos los términos, medibles por nuestra cultura occidental.
