A pesar de lo difícil de nuestra situación país la política o, mejor dicho, los políticos y las políticas, se han vuelto cada vez más aburridos, fastidiosos, predecibles y pesados como los malos contadores de chistes que en vez de risas arrancan bostezos.
Quizás lo que en lo personal más me irrita es que nos quieran engañar a estas alturas de la tragedia que se ha tornado en comedia. Por ejemplo, los diputados de oposición que niegan el diálogo y la negociación con el Gobierno y se las dan de radicales irreductibles cuando todo el país sabe que las oposiciones, porque ya no es una sola, aquella de “la manito”, no solo dialoga y negocia con el presidente Nicolás Maduro en “secreto” sino que hasta “comadrean”.
O esa gafedad, como dicen los caraqueños, que ante el descalabro del grupete de Lima el presidente de El Salvador y el presidente electo de Guatemala expulsen a los diplomáticos venezolanos en un alarde soberanista y democrático cuando es evidente que no son más que araguatos ante el organillero.
Los venezolanos estamos hartos de esas retóricas lengüeteras que ni dicen nada nuevo y menos crean salidas o alternativas cuando la política es precisamente lo contrario, un hacer, un verbo. Es verdad que requiere de mucho sustantivo y hay a quienes les gusta bien adjetivada, pero al final, sin acción, sin hacer, sin verbo, la política deja de ser y se convierte en otra cosa. Esta “cosiata” de la decadencia que ahora padecemos.
La tragedia de Juan “el terror de los usurpadores” es precisamente esa, mucha lengua, nada de hechos, nada de verbo. Y es la misma tragedia que padecieron los que le antecedieron cuya lista es demasiado fatigosa para repetir aquí.
¡Por favor ya! Hay que dejar de darle tanto a la lengua y hacer más porque muchos la estamos pasando mal. Hay un país que se exaspera, que no entiende demoras y exige soluciones, caminos, alternativas a la crisis.
Y no hay mucho que inventar. Es evidente que para comenzar a resolver nuestro principal problema, la economía, el país tiene que transitar por uno o varios procesos electorales porque lo otro sería un acuerdo nacional amplio que postergue o subordine lo político a atender lo económico, por ejemplo, un acuerdo para lograr el cese inmediato de las sanciones y bloqueos a nuestra economía y la recuperación de nuestros activos en el extranjero, acuerdo que, por lo visto, no es ahora posible. Lo otro es una guerra propiamente dicha con participación de fuerzas extranjeras porque la oposición no tiene apoyo militar propio.
Es evidente entonces que comenzar a caminar hacia una salida pasa por procesos electorales, pero éstos por sí solos no pueden crear, ni siquiera podrán ser, si antes no resolvemos un asunto umbilical: el lengüeteo sin verbos, que la oposición tenga el coraje de asumir abiertamente el diálogo con el Gobierno, que sus dirigentes, si es que pueden o se atreven, se paren ante el país y digan éste es el camino, el diálogo, un acuerdo, y asuman las consecuencias.
Entiendo que eso no les resulte fácil porque en ese batiburrillo que llamamos oposición y que es algo así como esos mercados de los corotos que se han puesto de modas y en los que usted consigue cualquier vaina, hay un factor terrible, que no se sienta a la mesa, que no tiene que asumir las consecuencias de los errores, pero que es como un revolver en la cabeza de muchos de los dirigentes de la extinta MUD.
Me refiero a los periodistas y medios de oposición que, puestos a ver, son el ala radical, la que quiere golpe, vía rápida, la que estigmatizó el diálogo como un perversión antropófaga pero que no puede liderar la oposición, ni tiene que lidiar realmente con el hecho político sino que se concentra en el lengüeteo extremo.
Como es de esperar, en una sociedad en la que los medios, como escenario de la política, han sustituido al partido, al sindicato, a la plaza pública, al parlamento, los supuestos “radicales” están a tiro de teléfono o a un tuit para asegurarse sus cinco minutos de pantalla.
De verdad que los dirigentes de oposición que quieran construir una salida no la tienen fácil, pero créanme que no tienen de otra: o se llenan de coraje, o reúnen entre varios o le piden prestadas a su “comunidad internacional” y le ponen ellos la pauta a los medios y no al revés o nos tocará ver a Juan Guaidó parte II con final idéntico al anterior.
Fíjate bien. La Asamblea Nacional, en su relato particular de la situación del país y su interpretación de la Constitución puede designar un nuevo CNE y ¿qué va a pasar? Pues lo mismo que pasó con el TSJ en el exilio y el procurador que negocio Citgo que son todos prófugos de la justicia.
Además, ¿Quién les va a aceptar un cargo de rector del CNE en esas condiciones? Tendrán que juramentarlos en el avión que los va a llevar al exilio pues el Gobierno actuara en consecuencia con su también particular relato de la situación del país y su interpretación de la Constitución y el TSJ que despacha desde el TSJ declarará írrito, nulo, ese nuevo acto ilegítimo de la AN en desacato (es que ya los puedo hasta escuchar) y una vez más todo será pura lengua primo.
El Gobierno necesita resolver esta situación pero no por eso se va a entregar ¡bájense de esa mata de coco! Y ha demostrado tener más capacidad de resistencia de la que, incluso, el mismo gobierno creía y el gobierno de los EEUU esperaba. Maduro esta duro.
Aun así, si el Gobierno le pide al TSJ que dado el desacato de la AN designen ellos, los jueces de la República, al nuevo CNE quedamos en las mismas y sólo se complica más la ya enredada situación porque la mayoría de la oposición no lo va a aceptar ni a reconocer.
Ahora bien ¿Qué necesita el país? No qué le conviene al Gobierno o a la oposición sino qué esperamos los venezolanos que padecemos la crisis, pues ¡coraje! y menos lengüeteo para asumir públicamente, con un compromiso ante el país y testigos de la comunidad internacional, un acuerdo político nacional, estrictamente venezolano, al que se subordinen los relatos que desde la exclusión del otro han creado unos y otros y que podemos resumir en el relato de la usurpación y en el relato del desacato de la AN.
Con base a ese acuerdo entre venezolanos por Venezuela la AN puede designar al nuevo CNE, el TSJ no tendría que declarar ese acto nulo si los nuevos rectores se juramentan también ante la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), reconocen su autoridad y la legitimidad del resto de los Poderes Públicos empezando por el presidente de la República en funciones en Miraflores.
La AN puede mantener a trocha y mocha su relato de la usurpación, designar un nuevo CNE sin acuerdo con el Gobierno que llame unas elecciones presidenciales ya ¿Y? En los hechos, ¿Qué va a cambiar? ¿Qué tanto va a avanzar en su propósito si ese CNE no tendría posibilidades reales de hacer unas elecciones, ni de condominio?
Es preferible flexibilizar la retórica, es decir, sacrificar lengüeteo, y acordar con el Gobierno la creación de un nuevo CNE que todos reconozcan si al final del día eso te pone más cerca de tus propósitos, hacer unas elecciones presidenciales. Es posible que primero tengas que hacer unas parlamentarias, que están previstas para el año próximo, pero aun así te mueves, avanzas y salimos de esta anomia insufrible que no va bien porque simplemente no va para ninguna parte. Ni si quiera han caminado en círculo como los perdidos, están en el mismo sitio.