La gravísima escalada de violencia en el país parece anunciar una guerra fratricida, advertida y denunciada desde diversos espacios, a la vez que impulsada y deseada desde otros ámbitos.
A los enceguecidos propulsores de la guerra se enfrentan los promotores de la paz, quienes -en el corto plazo- promueven y procuran algún acuerdo entre los contendientes. Voces que, ante la agudización de la crisis, luchan por un proceso de negociación y la construcción de un ambiente social de tolerancia y respeto al otro. Guerreros de la paz que combaten por la creación de condiciones de convivencia y favorecer una cultura crítica que permita analizar los problemas con distancia y equilibrio.
Se libra entonces otra batalla minimizada y descalificada, la cruzada por promover una cultura de paz en todas las esferas de la vida social. Campaña que se enfrenta a la incitación y legitimación del recurso a la violencia y a una concepción de paz en tanto derrota y eliminación del adversario.
Cruzados por la paz, que se enfrentan a un contexto caracterizado por la incitación a la rebelión, la exaltación del pueblo en la calle, la furia exterminadora y la legitimación de la violencia en aras de la paz y la democracia. Supuesta gesta heroica que, en nombre del pueblo y ante ”el deber” de salvar a la patria, se le concede la indulgencia por la muerte y la destrucción. Desde el plano simbólico se erige una construcción liberadora impregnada de contenidos religiosos, metáforas del derrumbe de un mundo podrido; redención por la muerte y la promesa de un nuevo amanecer, estrategia purificadora en el camino a la “resurrección” democrática.
