El antichavismo, adicto al fracaso, nunca había tenido un momento tan bajo, y mira que han tenido momentos que la historia quisiera olvidar –y no puede–, pero como este, ninguno.
La gente decente y pensante de este país, uno no entiende cómo, terminó dejándose arrastrar por los delirios de grandeza de un psicópata de metro y medio, que los enreda, que los hunde, que los pulveriza. Si yo fuera muy malpensada y me creyera el cuento del G2 cubano, diría que Audi Guevara es un agente infiltrado para acabar con la oposición.
Lo que empezó hace cuatro meses con lo que debía ser una protesta libertaria, a la que se sumaron las eternas señoras con gorrita y koalas incrustados en lo que una vez fue la cintura, sus maridos con bermudas mayameras, los mascachicle manos blancas, las mamás del colegio, los comerciantes, desde sus tiendas abiertas y haciendo caja, el doctor, dispuesto a sacrificar unos días de consulta en pro de la libertad… Una cosa que debía resolverse en 15 días y que todos estaban dispuestos a asumir. Pero no contaban los marcharines con la violencia encapuchada que los convertiría en rehenes del odio.
Cuatro meses con resultados políticos, económicos y sociales espantosos. Cuatro meses que se apagan con oootro llamado a oootro trancazo que nadie quiere acatar. ¿Para qué? si ya la ilusión inmediatista del golpe recibió su estocada final con un plebiscito y una “hora cero” que ni siquiera despeinaron a Nicolás.