La espiritualidad cristiana es inseparable de la liberación política, que procura convertir la naturaleza en habitable, la sociedad en decente, y el mundo en un hogar. La situación de Venezuela, donde a las mayorías les cuesta cada vez más sobrevivir, va contra los planes de Dios que quiere que todos tengan vida abundante. Los bienes y riquezas del país son para servir al bienestar de todos, y nadie puede apropiarse de ellos y utilizarlos caprichosamente, como si fueran suyos. Los recursos deben ponerse al servicio del amor, para que todos lleguemos a ser personas y podamos vivir como tales. Como lo expresa la Encíclica Populorum Progressio, “el verdadero desarrollo es el paso para cada uno y para todos de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”. Desarrollo orientado a remediar las carencias materiales y las carencias morales, que se sustentan en estructuras opresoras que provienen del abuso del poder y del abuso del tener.
Intentar reducir la fe y la espiritualidad a un asunto privado, es robarle la fuerza liberadora al evangelio. El cristianismo, si quiere ser fiel a sus raíces y a su esencia, debe alejarse de esa religión descomprometida, y de esa concepción de que la fe es meramente un asunto personal. El empeño mayor de Jesús, al que dedicó sus energías y por el que fue asesinado, era construir el Reino, un mundo fraternal que combatiera las políticas y estructuras que ocasionan sufrimiento y muerte.
Como viene expresando con claridad el Papa Francisco, la fe auténtica, que nunca es cómoda e individualista, siempre implica un profundo deseo de combatir las estructuras injustas y opresivas y trabajar por una sociedad fraternal. Esto exige ser muy creativos y abandonar posturas individualistas, pasivas y descomprometidas, que son antievangélicas.
Una fe sin obras es fe muerta. Una religión de espaldas a las necesidades del prójimo es una religión anticristiana. Seguir hoy a Jesús en Venezuela implica un compromiso radical de combatir los ídolos de la muerte: autoritarismo, injusticia, violencia, represión, corrupción, y trabajar para garantizar a todos vida abundante y digna. La religión de Jesús es servicio al necesitado, quien quiera que sea, como queda bien claro en la Parábola del Buen Samaritano. Es por ello urgente que le devolvamos al evangelio su ternura y su radicalidad. Dios busca la felicidad de todos, y a esa misión nos convoca. Los cristianos necesitamos recuperar la pasión por Dios y la compasión activa y eficaz por los hermanos.