El triunfo de Donald Trump es el nuevo fruto amargo del populismo, esa enfermedad de la política que tanto daño le ha causado a los pueblos del mundo en general y a Latinoamérica en particular. Las consecuencias negativas para el Partido Republicano van a ser inmensas y el daño que les irá a causar el señor Trump requerirá de muchos años para ser reparado.
Trump no es un político tradicional y sabe muy poco de política. Lo suyo es el comercio y las finanzas y por ello es un magnate. Ha prometido a sus seguidores hacer que los Estados Unidos vuelvan a sus tiempos de gloria. En ese flanco está su primer escollo: Barak Obama es el presidente que más alta aceptación tiene a escasos meses del final de su administración. El desempleo en los estados Unidos bajó. ¿No es eso un éxito económico? La inflación es baja y las relaciones internacionales del gigante del Norte son estables.
¿No les significa eso algo a los seguidores de Trump? Los votantes que apoyaron al señor Trump creyeron en sus promesas: Deportar los casi once millones de indocumentados, levantar un muro entre México y el país del Norte a expensas del mismo Estado mexicano; prohibir la entrada de musulmanes a los Estados Unidos, quitarle la nacionalidad a los niños nacidos en ese país de padres indocumentados, crear bonanza económica y bajar los impuestos.
Eso es casi imposible de alcanzar, sobretodo, en un período presidencial tan corto (4 años). ¿Qué hará el señor Trump cuando no logre alcanzar sus promesas electorales? Echarle la culpa a los demócratas y a los demás independientes que no lo apoyaron, puesto que esa es la reglilla que aplican todos los populistas del mundo. Los norteamericanos van a saborear por primera vez en sus vidas el sabor de la salsa agria y repugnante del populismo y la mentira en la política.
