“Seguiremos desacatando todas las decisiones anticonstitucionales del régimen, de la sala incontitucional TSJ y de la Sala Electoral TSJ”, tuiteaba Ramos Allup pocas horas antes de que los diputados de Amazonas se desincorporaran de la Asamblea Nacional, precisamente acatando una decisión del mismo Tribunal Supremo de Justicia que Ramos aseguraba que no iban a acatar. Una pataleta tuitera como para complacer al club de furibundos virtuales que, increíblemente, marcan la pauta de la MUD.
Si la calle fuera como el Twitter, nos estaríamos matando. Los insultos más grotescos, las más sádicas amenazas serían las palabras que escucharíamos en la panadería, el supermercado, el colegio de los niños, en el vecindario… donde a diario los venezolanos hacemos vida común. Del insulto a la amenaza vendría el puñetazo y de ahí el sálvese quien pueda. La realidad de la calle, por complicada que sea, está muy lejos de parecerse a esa que pinta la furibunda oposición tuitera.
Furibunda e incoherente: uno lee un tuit terrible de alguien que clama estar muriéndose de hambre, culpemaduro, pero que dos tuits más arriba publica la foto de una bandeja de sushi que se zampó en la cena. Tuiteros en cuyas biografías se describen como cristianos, demócratas y amantes de la paz, pero son capaces de sintetizar en 140 caracteres el odio y la violencia más venenosa.
Tan venenosos son, su odio tuitero es tan grande, que luego de descargar contra cuanto chavista se les atraviese en las redes les sobra para lanzarle con la misma inclemencia a su gente de la MUD.
