Estamos metidos en un gran vaporón. No hay manera que se pongan de acuerdo. Que conversen e intercambien ideas acerca de la crisis de la nación. El país está enfermo. Necesita una junta médica con especialistas en todas las ramas del conocimiento humano. Estamos graves en el área cognitiva. Sin darnos cuenta nos llenamos de odios, prejuicios y antagonismos. En nuestra mente se encubó implacable, como siembra en tierra fértil, la intemperancia de la lucha por el poder y la tenacidad competitiva de dos modelos de gobierno enfrentados por la supremacía de la popularidad. ¡Aunque el gobierno ya perdió esta batalla!
El país político sigue en pleno siglo XXI jugando fatalmente con candela. Se desafía el destino y se toman de rehén las grandes posibilidades de desarrollo. Vivimos sin lugar a dudas tiempos aciagos de desventura y calamidad. Guardadas en la alacena nuestras riquezas naturales y las grandes perspectivas de progreso. Los jóvenes, el futuro del país, son el termómetro de lo que pasa. La lucha política secciona los caminos y una buena porción de nuestros jóvenes sino están en la calle protestando, se han ido del país o hacen diligencias para irse. La mayoría en medio de cíclopes vicisitudes llenan las aulas de las escuelas, liceos y universidades y a trocha y moche terminan el año escolar. La angustia constante por la grave situación económica oscurece la alegría de los promovidos a los años superiores y graduandos. Una dirigencia política incapaz de conciliar ni vivir en coexistencia. De espalda a la historia universal y a la experiencia regional. ¡Van con todo unos contra los otros! Inhábiles para sopesar con precisión los valores relativos al triunfo o derrota de cada batalla y mucho menos para medir su influencia cuantitativa y cualitativa en la victoria o derrota final de la guerra. Ambos creen que el curso de su propia estrategia política es irreversible.
¡Llueva, truene o relampagueé nada ni nadie la hará modificar! Se sugestionan en demasía con los resultados provisionales o transitorios. Actúan ambos como los eslabones modulares de los tractores de orugas aplastando a todo el que se encuentra en su camino. En cada acto creen que es el final de la guerra y la realidad les desnuda la verdad sin compasión. Confunden batalla con guerra. Desconocen quizás la diferencia entre ganar una batalla y ganar una guerra.
Los llamados a la conciliación lucen como clarines de guerra en medio de una lucha política que se pudiera saber cuándo comienza pero nunca cuándo termina. El diálogo destella hipocresía porque nunca fue una palabra franca producto de la voluntad y la tenacidad. Y para el país se impuso la matriz que es sinónimo de engaño. En la guerra que se vislumbra “No quedará títere con cabeza”, tal como lo leímos en Don Quijote de la Mancha, cuando confunde una escena teatral con la realidad…