Si a ver vamos, a quien más beneficia el llamado a diálogo nacional con mediación internacional es a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) —un Gobierno que clama por conversar con sus adversarios y que para ello, incluso, acepta la mediación del Papa, no hace sino admitir sus dificultades para gobernar— pero ¿Por qué parece lo contrario? ¿Por qué muchos venezolanos pueden tener la impresión de que es el Gobierno el que gana con el diálogo? Primero, porque la MUD es autoritaria. Desde el “Chávez vete ya”, el golpe de Estado de 2002 como epílogo de una marcha multitudinaria que aspiraba la renuncia del Presidente más no la dictadura de Pedro El Breve y el paro petrolero de su antecesora, la Coordinadora Democrática, hasta las guarimbas 2014, la opción preferida por la oposición ha sido la fuerza, la violencia. Dirigentes como Leopoldo López y María Machado han, incluso, insistido literalmente en buscar salidas “no dialogantes” en la calle. Es, además, el de la MUD, un discurso autoritario construido desde una postura de casta privilegiada acostumbrada a mandar y a que se le obedezca, con base a su posición económica. Por ejemplo, si observas a Henrique Capriles en sus ruedas de prensa notarás que está más pendiente del Periscope, en una especie de selfie prolongada, que de dialogar con los periodistas, a quienes zarandea y pretende decirles qué preguntar. A Jesús Torrealba, el secretario general de la MUD, lo trata como a un empleado de una de sus empresas. Ese autoritarismo nato es lo que explica que haya un partido por cada dirigente de oposición que pueda pagárselo. Hasta Hiran Gaviria tiene el suyo de él. Que dirigentes de oposición como Liliana Hernández, por ser como es y por mujer, queden marginados de la acción política y que otros tantos por apenas decir “esta boca es mía” estén condenados a un constante salto de talanqueras internas. Segundo, porque la MUD se convenció a si misma de que después del triunfo del 6D era cuestión de semanas hacerse no sólo con la Presidencia de la República sino hacer periclitar toda la República Bolivariana a través del colapso económico, el caos social o la crisis institucional ¿para qué revocatorio si tenían al país completo al alcance de la mano? De tal forma que, lo que para organizaciones como las Farc y el ELN fueron victorias importantes: sentar al Gobierno a dialogar sobre asuntos sobre los que prefería no hablar y menos con mediación internacional, la MUD —que está años luz de una situación como la de las guerrillas colombianas— ha tenido la extraña y dudosa virtud de convertir lo que en cualquier otra parte del mundo sería un triunfo en una derrota. De retruque, la MUD ha hecho un agrio papelón internacional, para no usar alguna otra expresión escatológica, al dejar plantado al enviado del Papa Francisco cuya mediación ellos mismos habían exigido y después de haberse reunido “encapillados”, en más de una ocasión, no solo con el nuncio Emil Paul Tscherrig sino con Ernesto Samper, los ex presidentes José R. Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos y con emisarios de Nicolás Maduro, según reveló el domingo pasado en su columna Chuo Torrealba. Para entender a la MUD quizás ayude revisar las declaraciones de Julio Borges en las que admite que fue un “pelón”, pero no se refería a esa cuestionable postura de negar públicamente la posibilidad de diálogo y “en capilla” sentarse a charlar plácidamente con el Gobierno, sino a autorizar el comunicado con el que el enviado del Papa anunció con fanfarrias que se iniciaba el dichoso diálogo. ¡A ver! El pelón no es ese doble discurso con el que se conduce la MUD sino dejar que los pillaran en la trampa, que ellos pisaran su propia trampa y que para tratar de sacar las patas del fango lincharan vía twitter a su mensajero, el Chuo, el paga pelones. Un autoritarismo tautológico como el de la MUD que, además, se agota en sus personalismos —¿Qué futuro tiene Primero Justicia sin Capriles? Después de Henry Ramos ¿qué otro saurio le queda a Acción Democrática?— ¿Cuánto podría durar en el poder? ¿Cuánto demoraría en masacrar a los primeros que se les opongan? ¡Que peligro!