La élite burguesa y sus antífonas culturales y sociales, la llamada clase media, se han pasado la vida acusando a la gente de izquierda de ser unos resentidos sociales. Siempre velando, siempre rumiando en los pastizales del reconcomio, por lo que uno no puede menos que asombrarse de la iracundia, la histeria salival, desatada porque el presidente Nicolás Maduro fue a un exclusivo restaurante en Turquía.
En una de estas radios caraqueñas que son de evidente oposición, un periodista describía con la boca hecha agua los pedazos de carne que engullía el mandatario nacional insinuando que aquel paladar de autobusero, nacido para la chinchurria y el capirote, seguramente no supo degustar la delicada jugosidad dorada de aquel manjar.
Ni un dato, ni un solo comentario sobre los convenios suscritos con China. Ni siquiera el calichoso ritornelo de la injerencia del “alo flito” en las arepas.
Los periodistas, los medios y los militantes 2.0 de la oposición ni se dan por enterados de que su relato sobre la realidad nacional es cada vez más la expresión de un rencor, mezclado con el despecho por el fracaso de la dirigencia en el exilio y la frustración de que la dirigencia que aún está en el país no es capaz de encontrarse y reagruparse tras la implosión de la MUD.
La prueba irrefutable de que han perdido toda esperanza, de que ya no aspiran realmente a derrotar al Gobierno y no pueden entender el tiempo que como un reloj de arena les cae encima, es que ya sólo creen en una intervención militar estadounidense en Venezuela. Ya no creen en marchas a Miraflores, ni en la guarimba total, ni en la huelga general indefinida, ni en el Dólar Today, ni en el golpe de Estado tradicional, menos en diálogos y elecciones, sólo creen en Donald Trump y sus marines desembarcando en Caimarechico o en los Guaraguaos.
Y es comprensible porque la oposición comparte con Trump la pretensión de creer que la historia es como su reloj de pulsera, que pueden adelantar o retroceder a conveniencia. El presidente de los EEUU le ha declarado la guerra económica al mercado común global capitalista creyendo que sus enemigos están en China y la Unión Europea, sin percatarse que realmente están en las bolsas de valores de Nueva York y en los mundiales intereses de los bancos de su país.
Todas las “bombas” comerciales que Trump lance a China, Rusia, Alemania o Francia van a explotar también en su territorio porque la globalización no es retráctil, no es reversible. De la misma forma, los tiempos en que EEUU podía enviar a su Ejército a invadir un país en su exclusiva área de influencia han terminado.
No dudo que Trump nos tenga el hambre, que los planes militares estén hechos. No creo en imperios genocidas conversos. El detalle está en que Venezuela y América Latina en general ya no es la exclusiva área de influencia de los EEUU y, sobre todo, que a pesar de lo que diga el Grupete de Lima y el infeliz secretario general de la OEA, existe hoy una ciudadanía latinoamericana, desde la Tierra del Fuego hasta el Río Grande, que no aceptará una agresión militar a los venezolanos y a las venezolanas como la que pide la resentida oposición mediática y la 2.0.
Más aún, los venezolanos y las venezolanas, desde hace rato, venimos diciendo con meridiana claridad que no queremos violencias y menos una agresión militar estadounidense, pero la dirigencia opositora y resentida no se da por enterada. No han aprendido la lección de las guarimbas que les hizo más daño a ellos que al Gobierno porque los dividió y los alejó del sentir popular.
Y al dividirse y alejarse de la gente no se les ocurre otra idea más brillante que apostar por más violencia, por la guarimba mayor, una invasión yanqui a nuestra patria.
Pero Venezuela es como un árbol que se carga de hojas y aprende a sacar oxigeno de tanto veneno que le lanzan.