1) Los dirigentes de la oposición venezolana –y los gobiernos norteamericanos– no asumieron nunca con normalidad el proceso bolivariano que se inició con la victoria electoral de Hugo Chávez en diciembre de 1998. Antes de la toma de posesión de Chávez ya movían los hilos de la conspiración, y durante la etapa constituyente fue más evidente esa actitud cuando lo cuestionaron y estuvieron abiertamente en contra de la Constitución aprobada en 1.999. El signo de la oposición que se forjó en el marco de la debacle del puntofijismo, siempre fue subversivo. Una oposición que, ante la derrota, no reaccionó con talante democrático, sino en función del odio y el revanchismo, con el correr del tiempo acumularía nuevas prácticas, alianzas y definiciones para conformar un pensamiento basado en el propósito de desalojar al chavismo del poder, y sustituirlo a través de la violencia. Quebrantando un orden constitucional que nunca llegó a aceptar.
2) Por eso no hay porqué extrañar lo que ocurre en la actualidad. Porque la conjura que hoy amenaza a Venezuela no es otra cosa que el remate de una política desestabilizadora continuada; o para ponerlo de otra manera, es la expresión final de la conspiración permanente que hemos denunciado en distintas ocasiones. La oposición –y por supuesto, factores de poder en EE.UU. –consideran que llegó el momento de darle la estocada final al presidente Maduro y, por tanto, al chavismo. Todo cuanto hacen se orienta en esa dirección. Por eso consideran que hay que desechar el diálogo que constituye una opción que frustra ese propósito. Por eso colocan el acento en una política de lobby vergonzoso que adelantan en el exterior, entre otras motivos porque están conscientes de su debilidad en el país. Por eso aceleran la ofensiva mediática destinada a presentar a una Venezuela en ruina, azotada por una crisis humanitaria atroz, colapsada institucionalmente, y gobernada por una dictadura. Todo lo cual sirve a los fines de descalificarla y de que el Estado venezolano sea definido como forajido.
3) Si los venezolanos tomamos plena conciencia de lo que se trama contra el país y nos unimos para defender la soberanía y los logros democráticos y sociales alcanzados durante los 18 años del proceso bolivariano en la conducción del Estado, es posible desmontar los planes de los agresores y derrotarlos. Para eso contamos con un fuerte apoyo internacional, social, política y capacidad organizativa, muy superior al de los enemigos. Además, una agresión extranjera estremecería a la región. De ello estoy convencido. Por otra parte está la combatividad del chavismo, el más sólido de los movimientos políticos que ha arribado al poder. Un movimiento que permea la sociedad. Con una firme definición ideológica y profundas raíces populares. Es calle activa y es también maquinaria con audaz capacidad de movilización. La alianza cívico militar le otorga un poder que no tuvieron otras formaciones políticas. A este cuadro hay que agregar la importancia del liderazgo. Comenzando por Maduro, un dirigente fogueado en la lucha social, al igual que muchos otros que lo acompañan.
4) Los que viven la ilusión de que Maduro se está cayendo y que el chavismo no tiene respuesta al intento de derrocarlo, se equivocan. A la hora de verdad, si la oposición pretende tomar por asalto a Miraflores, se llevará una sorpresa. No ocurrirá como con otros movimientos y dirigentes que ejercieron el poder. Conviene que los ideólogos del golpe o la invasión extrajera se bajen de la nube de que no habrá resistencia. Seguramente imaginan que Maduro, el gobierno y el chavismo, sucumbirán al miedo. Pero estoy convencido que no será así. A Medina Angarita lo derrocaron los adecos y un grupo de militares, pero si hubiese resistido el 18 de octubre de 1945 como se lo propuso Luis Miquilena en Cuartel Ambrosio Plaza, el golpe habría fracasado. Previo al 24 de noviembre de 1948, Betancourt advirtió en un acto de masas que si se producía el golpe que se anunciaba, un millón de trabajadores lo abortaría. Pero resulta que en vez de hacer frente a la acción de los militares al día siguiente se asiló, furtivamente, en la Embajada de Colombia –en tanto que el presidente Gallegos permaneció, dignamente, en Miraflores hasta que lo detuvieron. Con Pérez Jiménez no hubo resistencia: optó por huir la madrugada del 23 de enero de 1958. Por consiguiente, que no se equivoquen los actuales golpistas: ya arrastran la desoladora experiencia del 11 de abril d 2002, y si pretenden de nuevo violar la Constitución y derrocar al gobierno legítimo tienen que estar conscientes de que el poder no les caerá del cielo. Porque la pelea es peleando.
