Venezuela se encuentra en medio de una fuerte turbulencia económica, con graves efectos en un cuerpo social sacudido por precios inalcanzables, los rigores de la escasez y el laberinto de las colas. De modo paralelo, una prolongada disputa por el poder de clases sociales y élites dirigentes continúa girando sobre sí misma en un equilibrio de fuerzas agotador. Y no se avizora que el asunto de la hegemonía se defina, gane quien gane los próximos procesos electorales. La correlación de fuerzas es pareja, más allá de lo electoral.
Una situación en sí misma complicada, pero manejable por los venezolanos si se establecen acuerdos, priva una visión nacional y el sentido común. Pero al mismo tiempo, lo suficientemente delicada como para que pueda soportar la gravitación de poderosos intereses extranjeros que se han involucrado de manera directa y beligerante en la frágil dinámica nacional, en función de sus propias estrategias e intereses. Cierto, Venezuela se separó del dispositivo geopolítico estadounidense y no sorprende que Washington y los círculos de poder que lo conforman del lado latinoamericano y del otro lado del Atlántico lo resientan. Pero es incomprensible que una vez finalizada la Guerra Fría reaccionen con los mismos reflejos anacrónicos del pasado.
Se trata una intervención que distorsiona la situación nacional, que polariza, cierra puertas y exige la capitulación de uno de los factores internos. No se mueve por principios y valores, que son manejados a conveniencia: si en una protesta en las calles de París, Madrid o Baltimore es incendiado un vehículo, los autores son castigados, pero si algo similar ocurre en Caracas ya se sabe lo que dirá la Unión Europea sobre “la libertad de conciencia”.
Una doble moral, que al utilizar los derechos humanos como instrumento de presión geopolítica obstruye las posibilidades de reconciliación. Las demandas que se realizan para que Venezuela se reintegre al dispositivo económico y militar estadounidense representan una grave lesión a la soberanía nacional, por lo que no pueden ser aceptadas como parte de una negociación. Es difícil, pero posible alcanzar un acuerdo sobre espacios de poder entre factores internos. Pero no cabe “una cuota” para intereses extranjeros. En realidad, lo mejor, “no nos ayuden, compadres”.
