Hará unos 9 años que por esta misma fecha escribí que comer es el verbo al que se refiere la Biblia cuando habla del principio de todas las cosas, de todos los tiempos. Sería algo así: en el principio era comer y comer era con Dios y comer era Dios. Y me ratifico en esa idea por más hereje que parezca por dos cuestiones que, aunque diametralmente opuestas, coinciden en reconocerle al verbo comer un valor umbilical. La primera, de fe: Jesús, el Cristo, nos pidió que lo recordáramos comiéndolo. Para estar en comunión con él hay que comer su carne y beber su sangre, ya sea sacramentalmente, como dice el catolicismo, o simbólicamente, como dice el protestantismo. La segunda, de razón: Carlos Marx decía que nuestras condiciones materiales de vida determinan nuestra forma de pensar, a contrapelo de esa idea aún muy generalizada de “pienso luego existo”. Y aunque a Marx como creador del materialismo histórico y por aquello del opio de los pueblos se le considera el asesino de Dios, a mí me viene pareciendo todo lo contrario porque Cristo entendía y practicaba bastante bien esto de las condiciones materiales: después del sermón de la montaña, de la más hermosa y sublime de sus enseñanzas, esa que nos eleva como persona cuando la aprendemos en la idea y en el alma, multiplicó los panes y los peces. ¡A ver! Dios en persona entendió que en este plano de la vida, aún él, todopoderoso, no podía darle un discurso al pueblo y mandarlo a sus casas con el estómago vacío. En la política, como en la religión, cuando lo que vos decís no se corresponde con lo que hacéis o cuando lo que vos creáis con las palabras no termina creándose en eso que llaman lo real concreto, entonces hay una transmutación. Dicen que se vacían de sentido, pero realmente no es eso lo que pasa. Adquieren otro distinto. Las palabras siempre dicen, siempre crean ¿Cuántas veces intentando enamorar creamos el desamor? Va para cuatro años que el Gobierno viene insistiendo en que el país está siendo sometido a una guerra económica y no le faltan razones para afirmar eso: especulación, boicot, acaparamiento, fuga de capitales, dolarización de facto, contrabando y no te echéis a llorar. ¡Bien! Pero es que todas las guerras, salvo la de Troya que fue por una mujer, son económicas. Desde las Púnicas y el Peloponeso hasta la primera y segunda mundial pasando por las de conquista e independencia de América, todas han sido económicas. Además, ganar la guerra no significa siempre ganar económicamente. Los vietnamitas echaron a patadas al Imperio de su territorio, pero los arrozales quedaron en chamusquina tras diluvios de napal. Cuba ha resistido invasiones, ataques terroristas y el bloqueo económico, que ha sido la peor guerra de todas. La Revolución ha triunfado, pero para la victoria económica aún tienen los cubanos mucho que remar. El Gobierno ha ganado, si por ganar se entiende, por ejemplo, que el referendo revocatorio no se va a realizar este año y que entendiendo lo inútil que resulta hacerlo en 2017 pues el chavismo seguiría gobernando hasta el 2019 a través del vicepresidente de la República, es probable que la recolección del 20% de voluntades prevista para la semana próxima se convierta en un autogol de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) a la oposición. Ha ganado, además, porque a pesar de los resueltos intentos de empujarnos a la violencia, la paz se ha impuesto y las propuestas de dialogo han tenido un enorme apoyo internacional que se traduce en un reconocimiento al presidente Nicolás Maduro y a la búsqueda de salidas a la crisis en el marco de la Constitución. ¡Bien! Pero el Gobierno no ha podido ganar la guerra económica y no la ganará si sigue utilizando las mismas tácticas y estrategias que ya han sido derrotadas. Negarse a cambiar lo que no funciona, lo que no nos ayuda a avanzar, no es lealtad ni claridad ideológica, es más bien conservadurismo. Y se hace políticamente inconveniente porque quien más pierde es el pueblo. Lo de inventamos o erramos también vale para lo económico.