Hay formas de actuaciones colectivas que, por transformarse en costumbres, comienzan a tener su propia designación, adquiriendo un nombre con un significado gramatical específico, como lo es el título del presente artículo.
Con el verbo “escrachar” se alude a la acción de los grupos que, por razones ideológicas en general, deciden manifestar colectivamente su aversión hacia otros sujetos o personas, haciéndolo en forma escandalosa a fin de colocar a los afectados ante el desprecio colectivo. Entre nosotros, la manera originaria de manifestar esta postura es el llamado “cacerolazo”, que consiste en producir sonidos metalizados golpeando ollas y otros objetos ruidosos, dirigidos a un sujeto o grupo, para informar del desprecio que se mantiene hacia los mismos, e impedirles su permanencia donde la actuación se realiza.
El cacerolazo es manejado normalmente por activistas, que, a su antojo, pueden ordenar que a cualquier hora u oportunidad, preferiblemente en la noche, se rompa el silencio en un momento específico, para que imperen solo las cacerolas y, hacer con ello del conocimiento general su desprecio a una medida o a un sujeto. Se cuenta entre nosotros, el caso de los cacerolazos con los cuales se recibió en un restaurante caraqueño, a un exministro que no gozaba de la simpatía de un grupo, el cual tuvo que soportar toda la crueldad de la afrenta, acompañado de los miembros de su familia.
El “escrachar” es una forma específica de manifestar la intolerancia, es decir, de no soportar lo que otros significan o hacen y, menos aún, de la razón de su conducta. Escrachar va dirigido directamente en contra de la libertad que la Constitución nos reconoce al libre desarrollo de la personalidad, a la autónoma escogencia de las ideas, de las tesis, de los conceptos, de las valoraciones éticas o estéticas que más nos atraigan.
