No toda orilla es playa. Más que el agua, más que la ola, sin la que no podría ser, lo que realmente hace playa es la arena. Su constante movimiento, ese ir y venir de los sedimentos, es lo que crea esa zona de encuentro entre la gente y el mar. Los puertos son de los barcos. Donde los habitantes de tierra sin branquias, conectados permanentemente a nuestro enorme tanque de oxígeno, podemos acercarnos al mar, dialogar con él, rememorar nuestro pasado anfibio, es en las playas. Sólo las playas tienen el curioso poder de desnudarnos, de despojarnos de la ropa y de los prejuicios que vienen con ella. Lo que está mal visto en tierra firme, lo socialmente inaceptable, en la playa se desborona como castillos de arena ante las olas. Quizás por eso ir a la playa es el entretenimiento humano más global del planeta. Como si más allá de las construcciones culturales que hemos hecho entorno a los cuerpos de agua, en alguna parte de nuestro cerebro reptil añoramos volver a esa madre de la que emergió toda la vida que es el mar. Ayer se celebró el Día Internacional de las Playas y el sábado pasado, como todos los tercer sábado de septiembre desde 1991, la jornada mundial de limpieza de cotas, mientras el tercer huracán de la temporada, María, avanza amenazador sobre el mar Caribe. Las imágenes que hemos visto de Barbuda, San Martín, Cuba y la ciudad de Miami tras el paso de Irma pueden ser el preludio de lo que el Cambio Climático puede implicar para las playas, para esa siempre inestable zona en la que termina la tierra y empieza el mar. Las vemos así, desde esa perspectiva, como el lugar dónde termina la tierra y comienza el mar porque, aunque racionales, pensantes, inteligentes, somos animales de tierra firme y en función de esa condición construimos nuestra identidad. Hemos hecho de la orilla una frontera y quizás por ello, lo que no ha logrado el incremento del calor o el excesivo frío, lo que no ha podido la sequía o las inundaciones diluvianas, lo que no ha conseguido el descongelamiento de bloques de hielo polar de kilómetros cuadrados, ni la desaparición de la capa de ozono, todo eso aparentemente distante, en las playas puede crear un punto de inflexión para la creación de nuestra conciencia planetaria, esa ciudadanía eco global que tenemos que edificar. Esas imágenes que a todos nos asombró. Las olas chocando contra los edificios de Miami, borrando el trazado de las calles, volviendo a los semáforos y a las señales de tránsito objetos inútiles, debemos tomarlas como una postal que un amigo del futuro inmediato nos envió. Es probable que usted no crea que eso puede a llegar a ser permanente, que el nivel del mar suba de tal forma que haga de Miami o de La Habana –en eso la política o la ideología poco importa- una especie de Venecia de azoteas, pero debería procurar informarse porque las islas Marshall y Maldivas se han incorporado con China, la Unión Europea y Canadá en una campaña por hacer cumplir el Acuerdo de Paris sobre Cambio Climático después de la patada de Donald Trump. Por si no lo sabía, el presidente Trump retiró a los Estados Unidos del acuerdo que busca que los países industrializados disminuyan sus emisiones de CO para que la temperatura del planeta no se incremente por encima de 1,5 grados más antes del 2050. Pero hay científicos que piensan que eso ya ocurrió y que la temperatura del planeta seguirá aumentando hasta que quizás la promesa bíblica, esa que siempre tomamos por mera metáfora apocalíptica, se haga realidad. Que los gobiernos poco pueden hacer si la humanidad no vuelve a la playa o un modo de vida que no esté basado en el consumo excesivo, superfluo y ajeno a lo biológico. Sólo esa conciencia planetaria, ese reconocimiento como especie y como ciudadanía eco global, que puede crearse tan rápido como un huracán, podrá reencontrarnos con el mar. Mirándonos desde el mar, no desde nuestras orillas particulares, podremos reconocernos como iguales, como hermanos, humanidad.
En opinión: Ciudadanos del mar
