Este personaje, embraguetado, siempre me llamó la atención. Los datos conseguidos de esta heroína zuliana han sido tantos y variados, que me ha sido difícil resumirlo.
Mucho de lo que aquí expondré ha sido tomado de diferentes fuentes, especialmente de la Semblanza Zuliana escrita por Juan Antonio Lossada Piñeres, —el historiador zuliano que muchos consideran el mejor después de Baralt— quien desde pequeño oyó muchas anécdotas sobre esta mujer—.
El 2 de abril de 1806, día en que Napoleón I pasó los Alpes y escaló los Apeninos, nació en la villa de Altagracia, Distrito hoy municipio Miranda, Ana María Campos y Cubillán de Fuentes, hija de Don Domingo de Campos y Doña María Ana Cubillán de Fuentes. Los Campos así como los Cubillán de Fuentes eran de las pocas familias blancas criollas, aristocráticas de esta comarca, entroncadas con los Celis, los Antúnez, los Lossada, los Pirela y con Luis Manuel Fernández de la Colina Peredo, de origen coriano, dueño del solar donde años más tarde se construyera la Iglesia de San Felipe Neri, quien en su casona tenía privilegio de asilo otorgado por la Corte de España, que permitía a los fugitivos de la justicia arrenguindarse de los aldabones de su enorme puerta para no ser apresados, y por ende, con parentesco sanguíneo muy directo con el emperador Moctezuma.
En su ciudad natal creció la heroína, igual que otros héroes de nuestra independencia. La educación de Ana María Campos fue muy rudimentaria y escasa, como era la que regularmente alcanzaban es aquellos tiempos las damiselas de esta nuestra América española. Apenas sabía leer, escribir y contar; pero no muy bien que digamos, más en cambio, las austeras prácticas de religión y los puntillos de la nobleza y caballería no le iban muy a la zaga.