La literatura señala que existen varias fuentes de legitimidad en el desempeño del poder político, entre las cuales se encuentran los procesos electorales, los consensos políticos, el “consentimiento de los gobernados” (según Locke), el carisma del líder (según Weber) y la competencia del Estado en la prestación de bienes y servicios básicos. Actualmente, todas las fuentes mencionadas están despedazadas o muy descompuestas. Por esta razón, usted escucha -muchas veces- a cualquier hora y en cualquier espacio, que vivimos una crisis profunda de legitimidad.
Así como la búsqueda trascendental de la mayoría del ciudadano común es la felicidad, la plenitud y el gozo, de la misma manera los líderes políticos persiguen constantemente la legitimidad. Sin embargo, la actitud de nuestros gobernantes solamente ha inyectado más veneno para quebrar lo que queda de ese principio fundamental –silencioso, pero imprescindible- que llaman legitimidad.
El comportamiento de Nicolás Maduro es contradictorio, pues, si bien persigue desesperadamente ingredientes para su legitimidad, finalmente, lo único que consigue es enterrarse –y con él también su cortejo- en el descrédito, la degradación y la ilegitimidad. Naturalmente, Maduro busca ganarse la expresión: “Sí, te respeto, consiento y legitimo tu autoridad”. No obstante, lo único que consigue de vuelta es: “Eres más falso que las peleas de los Power Rangers”.
El sustento clave para las democracias es generar diariamente buenas razones para seguir creyendo en ella y, en este esfuerzo diario, la legitimidad es su principal aliada. En otras palabras, la supervivencia del sistema democrático pasa por la capacidad que tengan sus custodios de brindar motivos para que los ciudadanos acaten las reglas de convivencia democrática y se sometan a todo el aparato institucional que lo ampara.
