Opinión

En democracia y sin miedo

La severa crisis multidimensional que estamos viviendo, sufriendo, confrontando y/o cuestionando nos conduce obligatoriamente a la reflexión, a la evaluación crítica y al debate sobre la libertad de expresión, la disidencia y la democracia.

Imposible  no citar a Hugo Chávez, quien en 2012 expresaba “No le tengamos miedo a la crítica, ni a la autocrítica. Eso nos alimenta, nos hace falta”.  Más aun -cuando reconocida la urgente necesidad de diálogo entre Gobierno y oposición-  se han realizado en Oslo tres jornadas de trabajo.

En paralelo a estas reuniones cupulares entre actores políticos, emerge desde la sociedad la necesidad de reencontrarse en espacios plurales dialogantes, con miras a  ejercer el derecho a la reflexión, al debate y a la expresión formal de desacuerdos; el derecho a la evaluación tanto crítica como autocrítica y,   por supuesto, a la participación activa y respetuosa en la búsqueda de soluciones. Deberá ser un espacio que se opone a la exclusión y  marginalización del otro, del diferente, del adversario. Deberá ser un ejercicio de ciudadanía libre, democrática, responsable y critica; de promoción de valores tales como tolerancia,  solidaridad, cooperación, justicia;  de  reconocimiento del otro y de respeto a las diferencias.  En resumen,  de convivencia  democrática.

Un espacio ciudadano “crítico-disidente, en la procura de un legítimo pacto de convivencia camino a la paz.

La  disidencia implica un desacuerdo o distancia de un poder o autoridad política. Suerte de búsqueda de otras vías o espacios de legitimidad que no implican necesariamente  entrar en conflicto directo ni traición a la democracia. Entendemos la disidencia como un derecho de toda sociedad democrática y ello implica escuchar y respetar las críticas y las voces disidentes.  Por ello es urgente y obligatorio desechar y exorcizar el estigma que pesa sobre la disidencia y el o la disidente.

Tanto la crítica, como el debate y la expresión formal de desacuerdos;   las posturas disidentes, la disidencia  como tal y el ejercicio del derecho a disentir, constituyen, sin lugar a dudas,  espacios de legitimidad  y compromiso democrático que es necesario reconocer, preservar y defender.

Sin miedo  la crítica y a la disidencia en democracia.

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