Fíjate, me dijo; que estos días vino una señora para una consulta médica y mientras esperaba, le escuche las quejas que hizo en voz alta sobre la situación del país: que si el problema de la luz, que si el precio de los pasajes y pare de contar. Remató preguntando ¿Cómo hacen para vivir los que trabajan en la administración pública con el salario miserable que les pagan?. Sin esperar respuesta se dijo: yo en su lugar ya me hubiera ido a la empresa privada que paga más.
Él, que la escuchaba se sintió indignado, no porque le recordará que gana poco menos de cuatro dólares mensuales, sino porque en el fondo desconocía el valor su trabajo. Así que le respondió lapidariamente, “Mire señora, si todos los que trabajamos aquí nos hubiéramos ido, aquí no habría nadie que la atendiera con su enfermedad ocupacional”. Luego solo quedo el silencio.
Esta experiencia se la escuche a un compañero de la oficina, cuyo trabajo es de vigilante; a propósito de una conversación que tuvimos una tardes de estas, cuando le comente que iniciaba un estudio sobre salarios e ingresos de los trabajadores en la empresa privada.
La pregunta de mi compañero pone en relieve un asunto muy importante sobre los que trabajamos en la administración pública, es decir: el valor de trabajar en lo público, interpretado de dos formas: como el coraje o como el resultante del trabajo.
