¿Recuerdas que en 2014 tuiteabas #SOSVenezuela, justo antes de salir de vacaciones de carnaval? Recuerdo que escribiste la misma etiqueta en el vidrio de tu camioneta, para dejar claro que no te ibas de vacaciones, sino a “hacer un paréntesis en medio de este infierno” -tal como justificaste, entonces, tu felicidad en Instagram.
¿SOSVenezuela qué? ¿A quién y qué clase de auxilio pedías?
¿Recuerdas cuando el año pasado, Juan Requesens en un foro en Miami, explicó cómo el objetivo de la violencia callejera que impulsaban era allanar el camino para una intervención militar gringa? Y ante semejante barbaridad, tú, en tu apartamento caraqueño, no sentiste nauseas ni rechazo, sino una chispita de esperanza, todo con tal de salir de Maduro. Yo lo recuerdo…
Entonces empezaron a telegrafiarte el cuento del corredor humanitario y tú, rapidito, incluiste la frase en tu vocabulario. Corredor humanitario, eso que se pide en situaciones atroces de guerra, de catástrofes naturales, donde no hay paréntesis de carnaval, ni tardes lindas que publicar en Instagram, solo muerte, dolor y miedo. Un corredor humanitario, eso pides tú para tu país en paz, sin imaginar lo que estás invocando.