Los factores del deterioro nacional son innumerables, pero están tejidos con el mismo hilo. En simple: Nos enrumbamos -sin escalas- a la destrucción cuando unos quisieron imponer sus dogmas y el pensamiento único a toda la nación. Desde ese momento, nos fuimos en caída libre, porque no existían garantías de nada, el poder del Gobierno no fue limitado como lo exigen nuestras leyes y la confianza institucional –valor preponderante para la prosperidad de los países- se desmenuzo en mil partículas por millón.
Ahora bien, estamos viviendo una crisis política y una emergencia humanitaria compleja, así lo dicen diversos analistas, existen amplio consenso y sobrada evidencia. La pregunta es: ¿Cómo salimos de este atolladero? La única –perdonen el absolutismo- solución son unas elecciones libres, justas, competitivas y llenas de garantías para todos. Porque la otra alternativa sería la fuerza, y creo que solamente traería más inestabilidad, caos e incertidumbre. ¿Más de lo que estamos ahora? Sí, siempre se puede estar peor, el foso de las tragedias no tienen límites. Basta recibir la experiencia internacional.
En nuestro país se ha roto el valor del trabajo, la convivencia nacional, las formas de producción, las relaciones familiares, la confianza en la moneda oficial, el orden económico y la mayoría –para no decir todas- las reglas democráticas. Sin embargo, recobrar los niveles de la sensatez que nos permitan acercarnos a las sanas legitimidades, a la eficacia y eficiencia institucional, y al reordenamiento de la vida nacional no será logrará por caminos alternos a la democracia.
Los que enaltecen la vía de la fuerza (ej. intervención extranjera o golpe de Estado) como la solución mágica a la crisis, comprendan que, en caso de que tengan éxito, eso durará menos que nuestro sueldo mínimo. El sufrimiento y la destrucción se profundizará, es decir, la anarquía probablemente se apoderará de nosotros (como referencia, pregunten por la guerra civil actual de Libia).
