La reciente sesión de la OEA para discutir el informe de Luis Almagro sobre Venezuela ha sido motivo de diversas interpretaciones. Para unos, un triunfo del Gobierno venezolano; para otros, su derrota. Esta ausencia de coincidencias en la valoración de lo acontecido no obedece solo a la polarización sobre el acontecer venezolano, sino también a que confluyen conflictos que involucran diferentes actores que no siempre danzan al mismo paso.
En este sentido, hay que insistir en que en la situación venezolana están presentes dos contradicciones que se entrecruzan: de un lado, el pulso entre Venezuela y Estado Unidos, país que pugna por el restablecimiento de su tradicional hegemonía hemisférica; del otro, la lucha interna por el poder de clases y de factores políticos que se libra en función de sus respectivos proyectos y banderas. Esto hace que el juego político sea más complejo.
En los recientes debates de la OEA no ha sido coincidente el objetivo puntual de la oposición venezolana y el de EE UU, ya que mientras la oposición venezolana y sus aliados internacionales más radicales buscaban una aplicación contundente de la Carta Democrática, Washington optó por una intervención progresiva y modulada, en razón de la llamada doctrina Obama de la paciencia estratégica y, seguramente, teniendo en cuenta que no es conveniente que durante los próximos meses ocurra un conflicto que pudiera perturbar la campaña electoral de Hillary Clinton.
Igualmente, está en el interés de Washington no aparecer directamente confrontando con Venezuela, sino que el conflicto aparente ser una disputa entre latinoamericanos. “Si se trata de Estados Unidos contra Venezuela, el juego está en manos de Maduro”, es la opinión de altos funcionarios del Departamento de Estado.
